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martes, 15 de septiembre de 2026

Y AHORA, SEÑOR, ¿QUÉ ESPERARÉ? — SALMO 39



“Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti” (Salmo 39:7).

El Salmo 39 nace en un momento de profunda reflexión. David contempla la brevedad de la vida, la fragilidad humana y lo pasajero de todo aquello que solemos considerar importante. Habla de nuestros días como una medida pequeña y de la vida como algo que pasa rápidamente.
No es un salmo pesimista. Es un salmo realista. David entiende que nuestras fuerzas son limitadas, que el tiempo corre y que nada terrenal permanece para siempre. Y precisamente por eso formula una de las preguntas más importantes que puede hacerse una persona: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?”. La respuesta es clara: “Mi esperanza está en ti”. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO TODO ES PASAJERO, NUESTRA ESPERANZA DEBE ESTAR EN ALGUIEN ETERNO. “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti” (v. 7). David ha comprendido que la vida es demasiado breve para colocar la esperanza definitiva en cosas que también pasan. El dinero cambia. La salud cambia. Las posiciones cambian. Las personas cambian. Nuestro propio cuerpo cambia. Pero Dios permanece. Por eso la brevedad de la vida no debería llevarnos a la desesperación, sino a reordenar nuestras prioridades. Si el tiempo es corto, debemos vivir con propósito. Si todo pasa, debemos invertir nuestra vida en aquello que tiene valor eterno. Moisés expresó una idea semejante: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:12). Valorar la vida comienza cuando comprendemos que no tenemos tiempo que desperdiciar.
2. NUESTRA LIMITACIÓN NO ES UNA RAZÓN PARA HUIR DE DIOS, SINO PARA BUSCARLO. David continúa: “Líbrame de todas mis transgresiones” (v. 😎. Cuando David contempla lo frágil que es la vida, no piensa solamente en cuánto tiempo le queda; piensa también en cómo está viviendo delante de Dios. La conciencia de nuestra mortalidad debería hacernos más sinceros espiritualmente. Si la vida es breve, no vale la pena vivir cargando pecados no confesados, resentimientos innecesarios o una relación distante con Dios. Aquí aparece una verdad preciosa: la situación extrema del hombre puede convertirse en la oportunidad de Dios. Cuando nuestras fuerzas se acaban, descubrimos cuánto necesitamos de Él. Pablo lo expresó de otra manera: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10). No porque la debilidad sea buena en sí misma, sino porque puede enseñarnos a depender de la gracia de Dios.
3. AUN SI SOMOS PEREGRINOS, DIOS SIGUE ESCUCHANDO NUESTRA ORACIÓN. David termina diciendo: “Oye mi oración, oh Jehová, y escucha mi clamor… porque forastero soy para ti, y advenedizo, como todos mis padres” (v. 12). David reconoce que está de paso. Es rey, tiene una casa, una familia y una historia, pero sabe que en este mundo somos peregrinos. Abraham entendió lo mismo. Hebreos 11 dice que los patriarcas se confesaban extranjeros y peregrinos porque esperaban una patria mejor. Esta vida no es el destino final. Y precisamente porque somos peregrinos, nuestra seguridad no está en cuánto logramos acumular durante el viaje, sino en quién camina con nosotros mientras viajamos. Por eso David puede clamar: “Escúchame”. Nuestra fragilidad no nos aleja de Dios. Al contrario, nos recuerda que necesitamos su presencia.
El Salmo 39 comienza contemplando lo breve de la existencia y termina dirigiendo nuevamente la mirada hacia Dios. David descubre que cuando todo parece frágil, todavía existe una roca firme sobre la cual apoyar la esperanza. Porque al final, no se trata de cuánto tiempo viviremos, sino de para quién vivimos el tiempo que tenemos. No se trata de negar nuestras limitaciones, sino de permitir que ellas nos lleven a buscar a Dios. Y cuando todo lo demás pase, podremos seguir diciendo con David: “Señor, mi esperanza está en ti”.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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EL REFUGIO QUE NUNCA FALLA — SALMO 34



“Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmo 34:4).

El título del Salmo 34 nos lleva a uno de los momentos más difíciles de David. Perseguido por Saúl, huyó hacia territorio filisteo buscando refugio en Gat. Allí fue reconocido y, sintiéndose nuevamente en peligro, fingió estar loco para poder escapar (1 Samuel 21:10-15). Después llegó a la cueva de Adulam (1 Samuel 22:1).
Y algo extraordinario ocurrió allí. A David comenzaron a reunirse hombres “afligidos… endeudados… y amargados de espíritu” (1 Samuel 22:2). Eran unos cuatrocientos hombres quebrantados por la vida, pero muchos llegarían a convertirse en los valientes de David. Es muy posible leer el Salmo 34 a la luz de aquella etapa: un fugitivo enseñando a otros fugitivos dónde encontrar verdadero refugio. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO FALLAN LOS REFUGIOS HUMANOS, DIOS SIGUE SIENDO SEGURO. David había buscado seguridad entre los filisteos, pero aquel refugio también fracasó. Entonces pudo decir: “Busqué a Jehová, y él me oyó” (v. 4). A veces Dios permite que descubramos las limitaciones de nuestros refugios humanos. El dinero puede acabarse, las personas pueden decepcionarnos y nuestras propias capacidades pueden resultar insuficientes. Pero David descubrió algo: cuando ya no sabía dónde correr, todavía podía correr hacia Dios. Por eso declara: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (v. 7). David estaba viviendo en una cueva, pero espiritualmente estaba rodeado por la protección de Dios.
2. LA BONDAD DE DIOS NO SOLO SE CONOCE; SE EXPERIMENTA. David invita: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (v. 😎. No dice solamente: “Escuchen que Dios es bueno”. Dice: “Gustad y ved”. Hay cosas acerca de Dios que conocemos intelectualmente, pero otras que solamente comprendemos cuando las experimentamos. David podía hablar de la bondad de Dios porque había sido perseguido y Dios lo había sostenido; había sentido miedo y Dios lo había librado. Por eso nuestra fe no puede depender únicamente de lo que otros nos cuentan acerca de Dios. Necesitamos aprender a buscarlo, confiar en Él y experimentar personalmente su fidelidad.
3. ESTAR CERCA DE DIOS NO SIGNIFICA ESTAR LEJOS DE LOS PROBLEMAS. Una de las declaraciones más realistas del salmo dice: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová” (v. 19). David no promete una vida sin dificultades. Él mismo era prueba de ello. Pero añade una verdad preciosa: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” (v. 18). Quizás aquellos hombres que llegaron a Adulam necesitaban precisamente escuchar eso. Estaban afligidos, endeudados y amargados, pero Dios podía tomar hombres quebrantados y comenzar a reconstruir sus vidas.
Por eso David comienza el salmo diciendo: “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (v. 1). No estaba alabando desde un palacio, sino desde una etapa de persecución. Había descubierto que la bondad de Dios no depende del lugar donde nos encontremos. Porque al final, no se trata de encontrar una vida donde nadie pueda perseguirnos, herirnos o causarnos problemas, sino de encontrar un refugio que nadie pueda quitarnos. David perdió el palacio, huyó de Saúl, escapó de los filisteos y terminó en una cueva; pero allí descubrió que seguía teniendo lo más importante: a Dios. No hay lugar más seguro que estar en sus manos.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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DIOS ES MÁS GRANDE Y PODEROSO QUE CUALQUIER TORMENTA — SALMO 29



“Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz” (Salmo 29:11).

El Salmo 29 es pura alabanza. David no presenta aquí una queja ni pide liberación de sus enemigos. Contempla la fuerza impresionante de una tormenta y, detrás del trueno, el viento y los relámpagos, reconoce la majestad de Dios.
La poesía es extraordinaria. La tormenta aparece sobre las aguas, golpea los cedros del Líbano, hace estremecer las montañas, lanza relámpagos y sacude el desierto. En medio de esa descripción, la expresión “la voz de Jehová” aparece siete veces (vv. 3-9). David contempla una naturaleza estremecida y llega a una conclusión: si semejante poder existe en la creación, ¡cuánto más poderoso es su Creador! A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. EN MEDIO DEL RUIDO DE LA TORMENTA, APRENDE A ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS. “Voz de Jehová sobre las aguas; truena el Dios de gloria” (v. 3). Para David, el trueno no es Dios literalmente hablando; es una imagen poética de su poder. La palabra hebrea qol puede significar voz o sonido, y aquí el estruendo de la tormenta se convierte en una ilustración de la majestad divina. Nosotros también atravesamos tormentas: enfermedades, pérdidas, problemas familiares, incertidumbre o temor. Y generalmente nuestra primera pregunta es: “Señor, ¿cuándo terminará esto?”. El Salmo 29 nos invita a formular también otra: “Señor, ¿qué quieres enseñarme en medio de esto?”A veces estamos tan concentrados en el ruido de la tormenta que olvidamos escuchar la voz de Dios.
2. NINGUNA TORMENTA ES MÁS GRANDE QUE EL DIOS QUE REINA SOBRE ELLA. La voz de Jehová quiebra los enormes cedros del Líbano, hace temblar las montañas y sacude el desierto (vv. 5-9). Los cedros del Líbano eran famosos por su tamaño y fortaleza; sin embargo, delante del poder divino también se estremecen. Entonces aparece la declaración central: “Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre” (v. 10). La tormenta está abajo; Dios continúa sentado en su trono. Jesús enseñó la misma verdad cuando, en medio de una tormenta, se levantó y ordenó al viento y al mar: “Calla, enmudece” (Marcos 4:39). Los discípulos preguntaron asombrados: “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (v. 41).
3. EL DIOS DE LA TORMENTA TAMBIÉN ES EL DIOS DE LA PAZ. Después de truenos, relámpagos, árboles quebrados y montañas estremecidas, esperaríamos un final igualmente estruendoso. Sin embargo, el salmo termina con una palabra sorprendente: paz. “Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz” (v. 11). El Dios cuya voz hace temblar los cedros utiliza ese mismo poder para fortalecer a sus hijos. Y el Rey que gobierna sobre la tormenta puede colocar paz dentro de nuestro corazón.
Quizás Dios calme inmediatamente nuestra tormenta; quizás permita que continúe un poco más. Pero mientras permanezca sentado en su trono, podemos permanecer seguros en sus manos. Porque al final, no se trata de vivir una vida sin tormentas, sino de saber quién reina sobre ellas. Cuando reconocemos que Dios sigue en el trono, podemos escuchar su voz con fe, descansar en su poder y recibir de Él justamente las dos cosas con las que termina este salmo: fortaleza para continuar y paz para confiar.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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