“Acuérdate de mí, Dios mío, para bien” (Nehemías 13:31).
Nehemías 13 es un capítulo sorprendente porque parece romper con el final feliz del capítulo 12. Los muros ya estaban terminados, la ciudad había sido dedicada, el pueblo había renovado el pacto y todo parecía marchar bien. Sin embargo, Nehemías tuvo que regresar temporalmente a Persia para servir nuevamente al rey Artajerjes (Nehemías 13:6). No sabemos exactamente cuánto tiempo permaneció ausente, pero probablemente fueron algunos años.
Cuando volvió a Jerusalén encontró algo alarmante: muchas de las reformas logradas con tanto esfuerzo se habían deteriorado rápidamente. Aquí surge una diferencia importante entre un reformador y un reformista.
Un reformista suele centrarse en denunciar problemas, criticar estructuras o promover novedades que muchas veces giran alrededor de sí mismo. En cambio, un reformador bíblico procura restaurar el pueblo al modelo revelado por Dios. No busca una “nueva luz” para reemplazar la verdad anterior, sino volver a la fidelidad de la Palabra.
Nehemías pertenece claramente al segundo grupo. No introduce doctrinas nuevas ni pretende fundar algo diferente. Su misión consiste en restaurar aquello que Dios ya había revelado.
Cuando regresa encuentra varios problemas graves. Primero descubre que Eliasib, el sumo sacerdote, había cedido una gran cámara del templo a Tobías (Nehemías 13:4-9). Esto era escandaloso. Tobías no era simplemente un visitante. Había sido uno de los principales opositores de la reconstrucción, aliado de Sambalat y enemigo declarado de la obra de Dios. El mismo hombre que había intentado destruir la misión ahora ocupaba habitaciones dentro de los recintos destinados al servicio sagrado.
Por eso Nehemías reaccionó con firmeza. Sacó todos los muebles de Tobías, purificó las cámaras y restauró el uso correcto de los depósitos del templo. Luego encontró otros problemas:
- Los levitas habían abandonado el servicio porque no recibían sus diezmos y sostenimiento.
- El sábado estaba siendo profanado mediante actividades comerciales.
- Se habían reanudado los matrimonios con pueblos paganos.
- Algunos hijos de esas uniones hablaban la lengua de Asdod y no conocían adecuadamente el idioma de Judá (Nehemías 13:24).
Lo más grave fue descubrir que un descendiente del sumo sacerdote se había emparentado con la familia de Sambalat (Nehemías 13:28). Nehemías lo expulsó porque entendía que el liderazgo espiritual no podía comprometerse con quienes buscaban socavar la obra de Dios.
Sus acciones parecen duras para la sensibilidad moderna. Reprendió públicamente, aplicó disciplina y tomó medidas firmes. Pero su objetivo no era humillar a las personas, sino preservar la identidad espiritual del pueblo recién restaurado. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La verdadera reforma siempre busca regresar a la voluntad de Dios. Nehemías no intentó modernizar la fe ni adaptarla a las presiones del entorno. Su preocupación era que el pueblo volviera a obedecer aquello que ya había sido revelado por Dios.
2. La fidelidad requiere vigilancia constante. Bastaron algunos años para que muchas de las reformas comenzaran a deteriorarse. La experiencia espiritual de ayer no garantiza la fidelidad de hoy. Cada generación debe renovar su compromiso con Dios.
3. El amor verdadero también corrige cuando es necesario. Nehemías amaba profundamente a su pueblo. Precisamente por eso no permaneció indiferente frente al pecado. La gracia y la verdad no son enemigas; ambas forman parte del carácter de Dios.
Finalmente, hay un detalle conmovedor. A lo largo del libro Nehemías repite varias veces oraciones breves como:
- “Acuérdate de mí, Dios mío” (5:19).
- “Acuérdate de mí por esto también” (13:14).
- “Acuérdate de ellos” (13:29).
- “Acuérdate de mí, Dios mío, para bien” (13:31).
En distintas formas, esta petición aparece al menos cuatro veces de manera explícita y refleja el corazón del líder. Nehemías no busca el aplauso de los hombres ni monumentos en Jerusalén. Su mayor anhelo es que Dios recuerde su servicio.
Nehemías termina de una manera muy realista. No concluye con una nación perfecta ni con un pueblo impecable. Termina con un líder cansado pero fiel, luchando una vez más por la reforma espiritual de la comunidad. Quizás allí está una de las mayores lecciones del libro. La obra de Dios no consiste solamente en construir muros, organizar ciudades o resolver problemas temporales. Consiste en llamar constantemente al pueblo a una relación genuina con Dios. Porque al final, no se trata de cuántas reformas logramos implementar, sino de permanecer fieles a la Palabra de Dios y poder decir, como Nehemías al final de su vida: “Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.”
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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