“Si probáremos a hablarte, te será molesto; pero ¿quién podrá detener las palabras?” (Job 4:2).
Después de siete días de silencio y de escuchar el desgarrador lamento de Job, comienza la larga conversación entre él y sus tres amigos. El primero en hablar es Elifaz temanita (Job 4:1). Elifaz comienza con mucha delicadeza. Reconoce que Job había sido un hombre ejemplar. Le recuerda que durante años fortaleció a los débiles, consoló a los afligidos, sostuvo a los que tropezaban y animó a quienes habían perdido las fuerzas (Job 4:3-4). En otras palabras, Job había sido un verdadero pastor para quienes sufrían. Su vida había estado marcada por la compasión, el servicio y la misericordia. Hasta aquí, las palabras de Elifaz son sinceras y reconfortantes.
Pero poco a poco el tono cambia. Elifaz no logra comprender cómo un hombre tan bueno puede sufrir de aquella manera. Entonces recurre a una idea muy común en la sabiduría antigua: si alguien sufre intensamente, debe ser porque ha pecado gravemente. Para él, el sufrimiento siempre era consecuencia directa de un pecado específico. Por eso afirma: “¿Quién que siendo inocente ha perecido?” (Job 4:7). Aunque nunca acusa directamente a Job, la insinuación es evidente: “Si estás sufriendo así, algo malo debiste haber hecho.”
Aquí aparece uno de los grandes errores que el libro de Job busca corregir. Elifaz conocía una parte de la verdad: Dios aborrece el pecado y, muchas veces, nuestras malas decisiones producen dolor. Pero desconocía el trasfondo del Gran Conflicto. Ignoraba completamente la conversación entre Dios y Satanás del capítulo 1. Habló con seguridad sobre algo que en realidad no comprendía. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. No todo sufrimiento es consecuencia de un pecado personal. Este es uno de los mensajes centrales de Job. Los amigos partían de una fórmula demasiado simple: obediencia equivale a prosperidad; sufrimiento equivale a castigo. Pero Dios demuestra que la realidad es mucho más profunda. Existen pruebas, conflictos espirituales y circunstancias que no pueden explicarse únicamente como consecuencia del pecado personal. Por eso debemos tener cuidado antes de juzgar el dolor ajeno.
2. Las buenas intenciones no siempre producen buenas palabras. Elifaz quería ayudar a Job. No era un enemigo. Sin embargo, su falta de comprensión terminó convirtiendo el consuelo en acusación. Muchas veces lastimamos a personas que sufren porque sentimos la necesidad de explicar lo inexplicable. El dolor no siempre necesita respuestas; muchas veces necesita compasión.
3. Antes de hablar, debemos recordar que desconocemos gran parte de la historia. El lector conoce lo que Elifaz ignora: detrás del sufrimiento de Job existe una batalla cósmica entre el bien y el mal. Nosotros tampoco conocemos toda la historia de quienes nos rodean. Ignoramos sus luchas, sus oraciones, sus heridas y los conflictos invisibles que enfrentan. Por eso la prudencia y la misericordia deben acompañar siempre nuestras palabras.
Job 4 nos invita a reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tenemos al hablar con quienes sufren. Una palabra puede levantar un corazón o terminar de quebrarlo. Elifaz comenzó recordando las virtudes de Job, pero terminó insinuando una culpa que no existía. Y eso hizo más pesado un dolor que ya era insoportable. Porque al final, no se trata de demostrar que tenemos todas las respuestas para explicar el sufrimiento, sino de reflejar el carácter de Cristo mediante palabras que consuelen, acompañen y den esperanza.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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