“Y cuando alzaron los ojos desde lejos, no lo reconocieron; y lloraron a gritos…” (Job 2:12).
El primer capítulo de Job termina con un hombre que lo había perdido todo menos su fe. Sin embargo, el Gran Conflicto aún no había concluido. Satanás insistía en que Job seguía siendo fiel únicamente porque conservaba su salud. Entonces Dios permitió una segunda prueba. Job fue herido con una dolorosa enfermedad que cubrió todo su cuerpo de llagas malignas, desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Sentado sobre ceniza y rascándose con un pedazo de teja, el hombre más respetado del Oriente quedó reducido a una condición que inspiraba compasión y horror.
En medio de ese escenario aparecen dos grupos de personas que reaccionan de manera muy distinta frente al sufrimiento de Job: su esposa y sus amigos. Ambos también habían sufrido profundamente, pero sus respuestas fueron completamente diferentes.
La esposa de Job suele ser juzgada con mucha dureza. Sin embargo, conviene recordar que ella también había perdido absolutamente todo. Había visto morir a sus diez hijos en un solo día. Había perdido sus bienes, su estabilidad y ahora contemplaba cómo su esposo agonizaba cubierto de llagas. Ella también era una madre que lloraba y una mujer devastada por el dolor. El texto no dice que fuera una mujer impía ni enemiga de Dios. Lo que vemos es a una persona completamente quebrantada por el sufrimiento.
Precisamente desde esa desesperación pronuncia aquellas dolorosas palabras: ”¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete.” (Job 2:9). No estaba ofreciendo un consejo piadoso, sino dejando hablar a un corazón destrozado. El sufrimiento, cuando no es llevado a los pies de Dios, puede conducir incluso a los creyentes a decir cosas que jamás habrían imaginado en tiempos de tranquilidad.
En contraste aparecen los tres amigos de Job: Elifaz temanita, Bildad suhita y Zofar naamatita (Job 2:11). Más adelante sus discursos estarán llenos de errores teológicos, pero el narrador primero destaca algo digno de admiración. Cuando vieron a Job desde lejos, no pudieron reconocerlo. Entonces lloraron, rasgaron sus vestidos, echaron polvo sobre sus cabezas y permanecieron sentados junto a él durante siete días y siete noches sin pronunciar una sola palabra, porque comprendieron que su dolor era inmenso. Antes de equivocarse con sus palabras, acertaron con su presencia. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. El sufrimiento puede llevar incluso a personas buenas a decir cosas equivocadas. La esposa de Job había perdido tanto como él. Su reacción no fue correcta, pero sí fue profundamente humana. El dolor intenso puede nublar la esperanza y hacer que las personas hablen desde la desesperación. Por eso debemos aprender a tratar con misericordia a quienes atraviesan los momentos más difíciles de su vida.
2. La mejor ayuda muchas veces no consiste en hablar, sino en acompañar. Los amigos de Job dieron su mejor ejemplo durante los primeros siete días. No intentaron explicar el sufrimiento ni responder todas las preguntas. Simplemente estuvieron allí. Hay dolores tan profundos que no necesitan sermones apresurados, sino una presencia silenciosa que recuerde al que sufre que no está solo.
3. La integridad permanece aun cuando todo parece derrumbarse. Job perdió sus bienes, sus hijos, su salud y hasta el apoyo espiritual de su esposa. Sin embargo, respondió con una de las declaraciones más extraordinarias del libro: ”¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). Esto no significa que Job considerara el mal como procedente del carácter de Dios, sino que reconocía la soberanía divina aun cuando no entendía lo que estaba ocurriendo. El narrador concluye nuevamente: “En todo esto no pecó Job con sus labios.”
Job 2 nos recuerda que las pruebas también revelan la calidad de nuestras relaciones. Es cierto que en los momentos difíciles descubrimos quiénes permanecen a nuestro lado. Pero también descubrimos qué clase de amigo somos nosotros para quienes sufren. Los amigos de Job comenzaron haciendo exactamente lo que una persona afligida necesita: lloraron con él, permanecieron con él y compartieron su dolor en silencio. Porque al final, no se trata de tener siempre las palabras correctas para explicar el sufrimiento, sino de reflejar el amor de Dios permaneciendo fielmente al lado de quien más nos necesita.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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