“Entró, pues, Ester al rey…” (Ester 5:1).
El capítulo anterior terminó con un llamado al ayuno y a la oración. Ester, Mardoqueo y los judíos de Susa comprendieron que la amenaza era demasiado grande para enfrentarla con fuerzas humanas. Por tres días buscaron a Dios con intensidad, conscientes de que la salvación del pueblo dependía de la intervención divina. Sin embargo, Ester 5 nos enseña una verdad igualmente importante: la oración nunca fue diseñada para reemplazar la acción.
Después de ayunar, Ester no se quedó esperando que todo ocurriera milagrosamente. No dijo: “Ya hemos orado, ahora Dios hará el resto”. Tampoco se resignó pensando que el problema se resolvería solo. La fe genuina siempre nos lleva a hacer nuestra parte. Dios obra, pero espera que sus hijos actúen con valentía, sabiduría y responsabilidad.
Así, Ester se vistió con sus ropas reales y entró en el patio interior del palacio, aun sabiendo que podía perder la vida. Cuando el rey extendió el cetro de oro, Dios ya había respondido una parte de las oraciones de su pueblo. Pero Ester todavía no reveló inmediatamente el problema. En lugar de ello, organizó un banquete para el rey y Amán. Y cuando tuvo la oportunidad de hablar, pidió un segundo banquete para el día siguiente.
A simple vista parece una demora innecesaria. Sin embargo, Ester estaba actuando con extraordinaria prudencia. No se dejó dominar por la emoción ni por el miedo. Comprendió que la misión requería estrategia. Estaba buscando el momento adecuado para presentar su petición. Mientras Dios abría puertas, Ester utilizaba sabiamente las oportunidades que se le concedían. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La oración no sustituye la responsabilidad humana. Ester oró y ayunó, pero luego actuó. Muchas veces pedimos que Dios haga algo mientras nosotros permanecemos inmóviles. Sin embargo, en la Biblia la fe siempre va acompañada de acción. Noé construyó el arca. Moisés extendió la vara. Nehemías reconstruyó los muros. Ester se presentó ante el rey. La oración nos conecta con el poder de Dios, pero la obediencia nos lleva a participar en sus planes.
2. La misión requiere sabiduría además de valentía. Ester no solo fue valiente; también fue sabia. No reveló todo de inmediato ni actuó impulsivamente. Esperó el momento correcto. Proverbios enseña que la palabra dicha a su tiempo es como manzanas de oro con figuras de plata (Proverbios 25:11). En la obra de Dios no basta tener buenas intenciones. También necesitamos discernimiento para saber cuándo hablar, cuándo esperar y cómo presentar el mensaje.
3. Dios bendice a quienes planean cuidadosamente para cumplir su misión. La Biblia dice que “el que gana almas es sabio” (Proverbios 11:30). Ester entendió que la salvación de su pueblo requería más que emoción espiritual. Requería una estrategia. Del mismo modo, la misión de la iglesia necesita oración, pero también preparación, organización y planificación. Dios bendice a quienes usan todos los recursos que Él les ha dado para cumplir su propósito.
Mientras tanto, Amán salió del banquete lleno de orgullo. Creía que estaba viviendo el mejor momento de su vida. Había sido invitado personalmente por la reina junto al rey. Sin embargo, bastó ver a Mardoqueo nuevamente para que toda su alegría desapareciera. El mismo hombre que parecía controlar la situación estaba siendo conducido, sin saberlo, hacia su propia caída. Dios ya estaba moviendo los acontecimientos en una dirección que Amán no podía imaginar.
Ester 5 nos recuerda que la fe no consiste solamente en pedir ayuda a Dios, sino también en caminar por las puertas que Él abre. El ayuno y la oración fueron indispensables, pero no sustituyeron la responsabilidad de Ester de actuar. Hoy también enfrentamos desafíos, proyectos y misiones que parecen imposibles. Debemos orar como si todo dependiera de Dios, porque así es. Pero también debemos actuar como instrumentos en sus manos. Porque al final, no se trata solamente de esperar que Dios haga algo por nosotros, sino de permitir que Dios haga algo a través de nosotros.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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