“Muchas cosas como estas he oído; consoladores molestos sois todos vosotros” (Job 16:2).
Después del segundo discurso de Elifaz, Job responde con una mezcla de tristeza, frustración y fe. Ya no solo le duele la enfermedad, la pérdida de sus hijos o la aparente ausencia de Dios; ahora también le pesa el trato de quienes habían llegado para consolarlo. Aquellos amigos que al principio guardaron siete días de respetuoso silencio ahora se habían convertido en jueces que, una y otra vez, atribuían su sufrimiento a un pecado oculto.
Job reconoce que, si los papeles estuvieran invertidos, él podría pronunciar discursos semejantes. Pero inmediatamente añade que, en lugar de acusar, procuraría fortalecer al que sufre y aliviar su dolor (Job 16:4-5). Esa afirmación revela el verdadero espíritu de la compasión: antes de hablar, debemos preguntarnos cómo nos gustaría ser tratados si estuviéramos viviendo la misma prueba.
Al mismo tiempo, Job vuelve a dirigir su mirada hacia Dios. En medio de su angustia expresa sentimientos muy fuertes, llegando incluso a decir que Dios parece haberse vuelto contra él. Sin embargo, el lector sabe algo que Job todavía ignora: precisamente su fidelidad está demostrando delante del universo que Satanás estaba equivocado. El sufrimiento de Job no era un castigo divino, sino la evidencia de que un hombre podía amar a Dios por quien Él es y no solamente por las bendiciones que recibe. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La fidelidad del justo honra a Dios aun cuando el justo no lo comprende. Job piensa que Dios está en su contra, pero en realidad está siendo el mayor testigo del carácter de Dios ante el universo. Su perseverancia refuta la acusación de Satanás de que nadie sirve a Dios por amor. Muchas veces tampoco entendemos el propósito de nuestras pruebas, pero Dios puede estar haciendo a través de nuestra fidelidad mucho más de lo que alcanzamos a imaginar.
2. El verdadero consuelo nace de la empatía, no de las acusaciones. Job llama a sus amigos “consoladores molestos” porque sus palabras aumentaban el peso de una carga ya insoportable. Es muy fácil aconsejar cuando no somos nosotros quienes sufrimos. Mucho más difícil es sentarse al lado del que llora, comprender su dolor y acompañarlo con paciencia. Cristo nunca minimizó el sufrimiento de las personas; primero las amó, las escuchó y luego les habló de esperanza.
3. Dios jamás deja de interesarse por quienes creó. Aunque Job siente que Dios guarda silencio, el lector conoce una verdad extraordinaria: Dios nunca ha apartado su mirada de él. Si el Señor cuida de las aves del cielo y viste los lirios del campo, cuánto más se interesa por aquellos que fueron creados a su imagen. El silencio de Dios no significa indiferencia. Muchas veces, mientras nosotros solo vemos el dolor, Él está desarrollando un propósito eterno que todavía no alcanzamos a comprender.
Job termina este capítulo sintiendo que su único defensor debe ser Dios mismo. Sin saberlo, comienza a expresar el anhelo de un Intercesor que defienda la causa del hombre delante del cielo. Ese deseo encontrará su respuesta definitiva en Jesucristo, nuestro Abogado y Mediador. Porque al final, no se trata de explicar todas las razones del sufrimiento, sino de aprender a acompañar con el mismo amor con que Cristo nos acompaña.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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