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jueves, 28 de mayo de 2026

DIOS SIEMPRE CUMPLE SUS PROMESAS - ESDRAS 1



“Para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías…” (Esdras 1:1).

El libro de Esdras marca el inicio de una nueva etapa para el pueblo de Dios después del exilio en Babilonia. Cronológicamente, es la continuación directa de 2 Crónicas, tanto que sus primeros versículos repiten prácticamente las últimas palabras del libro anterior. Esdras fue sacerdote y escriba experto en la Ley de Dios, usado por el Señor para guiar espiritual e intelectualmente al pueblo restaurado. El libro fue escrito principalmente para los judíos que regresaron del exilio, con el propósito de recordarles que Dios seguía siendo fiel a su pacto y que la restauración espiritual debía ser el centro de la nueva etapa nacional. El tema principal del libro es precisamente la restauración: del pueblo, del templo, de la adoración y de la fidelidad a la Palabra de Dios.
El libro comienza mostrando algo extraordinario: Dios mueve el corazón de Ciro, rey de Persia, para permitir el regreso de los judíos a Jerusalén y la reconstrucción del templo. Esto no fue casualidad política; era el cumplimiento directo de las profecías de Jeremías sobre los 70 años de cautiverio (Jeremías 25:11-12; 29:10) y también de la impresionante profecía de Isaías, quien incluso mencionó por nombre a Ciro muchos años antes de su nacimiento (Isaías 44:28; 45:1). El mensaje es poderoso: Dios gobierna la historia y cumple exactamente lo que promete. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. Dios sigue obrando aun cuando parece que todo terminó. Después de la destrucción de Jerusalén y el exilio, parecía que la historia del pueblo de Dios había llegado a su fin. Sin embargo, Esdras comienza mostrando que Dios todavía estaba guiando los acontecimientos. El exilio no canceló las promesas divinas. Aun en los momentos más oscuros, Dios sigue trabajando silenciosamente para cumplir su propósito.
2. La restauración espiritual comienza cuando el pueblo vuelve a la Palabra de Dios. El papel de Esdras como escriba y maestro de la Ley muestra que la restauración no consistía solo en regresar físicamente a Jerusalén. El verdadero desafío era reconstruir la relación del pueblo con Dios. No bastaba levantar muros o templos; era necesario volver a obedecer la Palabra.
3. Dios puede mover incluso a reyes y naciones para cumplir su voluntad. Ciro era un rey pagano, pero Dios dirigió su corazón para favorecer a su pueblo. Esto revela la soberanía divina sobre la historia humana. Los imperios parecen gobernar el mundo, pero finalmente es Dios quien dirige el curso de los acontecimientos para cumplir sus promesas.
El libro de Esdras comienza recordando que Dios nunca olvida lo que promete. Aunque el pueblo pasó años en exilio y disciplina, llegó el momento exacto en que Dios abrió nuevamente el camino de regreso. Hoy, muchas veces las circunstancias parecen definitivas, pero Dios sigue obrando más allá de lo que podemos ver. Porque al final, no son los imperios, las crisis ni el tiempo los que tienen la última palabra, sino el Dios fiel que siempre cumple sus promesas.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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viernes, 3 de abril de 2026

LA PROMESA A VECES TARDA PERO DIOS NO FALLA - 2 SAMUEL 5



“Entonces vinieron todas las tribus de Israel a David en Hebrón… y ungieron a David por rey sobre Israel” (2 Samuel 5:1, 3).

La historia de David nos recuerda que las promesas de Dios no siempre se cumplen de inmediato. David fue ungido siendo apenas un jovencito, cuando aún cuidaba ovejas en Belén (1 Samuel 16). Sin embargo, pasaron muchos años —alrededor de quince, según el desarrollo del relato bíblico— antes de que esa unción se concretara plenamente en el reconocimiento de todo Israel. Entre la promesa y el cumplimiento hubo persecuciones, exilio, traiciones, guerras y largos silencios de Dios. 2 Samuel 5 marca el final de esa espera: David no solo es rey, sino rey de todo Israel. No llegó allí por apresurarse, sino por aprender a confiar.
1. La promesa de Dios puede ser clara, pero su cumplimiento suele ser progresivo. David fue ungido una sola vez por Samuel, pero gobernó en etapas: primero sobre Judá y, años después, sobre todo Israel. Dios no contradijo su promesa, la desarrolló en el tiempo. Esto nos enseña que la demora no es negación, sino preparación. Muchas veces queremos el resultado final sin pasar por los procesos intermedios, pero Dios forma el carácter antes de entregar la responsabilidad. La espera no fue un castigo para David, fue una escuela.
2. La paciencia protege el corazón de decisiones apresuradas. Durante esos años, David tuvo oportunidades para adelantarse al plan de Dios: pudo matar a Saúl, tomar el trono por la fuerza o imponer su liderazgo. No lo hizo. Eligió esperar. En 2 Samuel 5, cuando finalmente es reconocido como rey, no hay culpa que lo persiga ni sangre inocente en sus manos. La paciencia lo preservó. Cuando aprendemos a esperar en Dios, evitamos atajos que luego nos cuestan caro espiritual y emocionalmente.
3. El tiempo de Dios confirma lo que Él prometió. Cuando David finalmente es coronado rey de todo Israel, no es por imposición, sino por consenso. Las tribus reconocen que Dios estaba con él desde el principio. Lo que Dios promete, Él mismo se encarga de confirmar en su momento. Nadie tuvo que “defender” la promesa de David; Dios la defendió por él. Lo que nace en el tiempo de Dios llega con paz, respaldo y estabilidad.
A veces nos desesperamos porque no vemos cumplirse aquello que Dios nos prometió. Miramos el reloj, comparamos procesos y sentimos que el cielo guarda silencio. David nos recuerda que Dios nunca llega tarde. Él obra con precisión eterna. Si la promesa aún no se ha cumplido, no es porque Dios haya olvidado, sino porque todavía está obrando en nosotros. Confiar en los tiempos de Dios es también una forma de adoración.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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viernes, 19 de septiembre de 2025

JESÚS TE CUIDA, TE GUÍA Y TE CONDUCE A CANAÁN CELESTIAL - DEUTERONOMIO 2



“pues Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado” (Deuteronomio 2:7).

El pueblo de Israel había estado vagando por el desierto durante años, dando vueltas sin rumbo aparente. Pero en Deuteronomio 2:1-8, Dios les recuerda que su camino no estaba perdido, porque Él mismo los estaba guiando. Les dijo que no temieran a los pueblos vecinos, que respetaran los límites que Él había establecido y que confiaran en que Él proveería en cada paso. Aunque el trayecto parecía repetitivo e interminable, cada vuelta en el desierto era parte del plan de Dios para cuidarlos, protegerlos y llevarlos finalmente a la tierra prometida.

Este pasaje nos enseña que incluso cuando sentimos que nuestra vida da “vueltas” y no vemos avances, el Señor sigue al control. Él marca nuestros límites, abre los caminos correctos y nos libra de los peligros ocultos. Su cuidado no se detiene ni un instante: así como protegió a Israel en el desierto, también vela por nosotros en medio de nuestras pruebas. A continuación, tres lecciones que podemos destacar a la luz del texto bíblico:

1. Dios conoce tu camino: Aunque Israel pensaba que estaba perdido, Dios tenía un propósito en cada vuelta. Así también, cuando sentimos que nuestra vida no avanza, podemos confiar en que Dios sabe exactamente dónde estamos y hacia dónde nos lleva.

2. Dios cuida de ti en todo: Durante esos años en el desierto, no les faltó comida, agua ni abrigo. Esto nos recuerda que, aunque las circunstancias sean difíciles, el Señor nunca deja de proveer lo esencial para nuestra vida.

3. Dios cumple sus promesas: Israel no se quedó en el desierto para siempre. Ese tiempo de espera fue parte del proceso para llegar a la tierra prometida. De igual manera, nuestros desiertos no son eternos: Dios nos conduce hacia un futuro mejor, donde Sus promesas se harán realidad.

La esperanza que este pasaje nos da es clara: aunque el camino parezca largo y cansado, el Señor no te ha abandonado. Él conoce tu ruta, cuida cada paso y te asegura que Su plan se cumplirá en tu vida.

Aun cuando Israel parecía dar vueltas sin rumbo en el desierto, Dios nunca dejó de guiarlos y proveer para ellos. Lo mismo hace contigo hoy: aunque tu camino parezca incierto, el Señor está cuidando cada paso. ¡Confía! No te ha faltado ni te faltará, porque Su presencia te acompaña siempre. 

La esperanza que brota de este texto es clara: no importa cuánto tiempo parezca que estamos esperando, Dios nunca nos abandona. Él nos guía, nos cuida y nos conduce paso a paso hacia el cumplimiento de sus promesas.

Hoy puedes descansar en esta verdad: si Dios estuvo con Israel en el desierto, también está contigo en tu caminar. Nada te faltará, porque Su presencia es suficiente.

Pr. Heyssen Cordero Maraví 

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#MensajesDeEsperanza #PrimeroDios #rpSp 

viernes, 11 de enero de 2019

‪¡Y DIOS HIZO COMO HABÍA DICHO!‬ - Génesis 21:1


"Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado" (Génesis 21:1).
👉🏼 No hay nada imposible para Dios.‬
👉🏼 Abraham tuvo que esperar 25 años para ver la promesa de Dios realizada en su vida.‬
👉🏼 Dios cumple sus promesas siempre. Él es verdadero!‬


Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

#rpSp #rbHw #PrimeroDios #GodFirst #Conecta2🔌
Pasa la voz 

lunes, 28 de agosto de 2017

NO PACTES con DIOS sino estás dispuesto a CUMPLIR - Jeremías 34:11



Aristóteles dijo alguna vez que, "El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras". La Biblia es más contundente al decir: "Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado" (Mateo 12:37). 
Jeremías y el pueblo de Judá habían hecho un PACTO, un compromiso: DEJAR EN LIBERTAD A TODOS LOS ESCLAVOS (Jeremías 34:8-10). Y el pueblo, movido por el temor, por la invasión caldea (Babilonia) y lo que ello implicaba, aceptó ese acuerdo. Dejarían libres a los esclavos. Todo bien. No obstante, cuando la tormenta pasó, cuando vieron que no era tan "divertido" y nada "bonito" vivir sin esclavos rompieron el pacto e hicieron volver a los esclavos a sus propiedades y los encadenaron (Jeremías 34:11,12). ¡Qué terrible! ¡Qué desgracia! Un día dices sí, y al otro día, no. ¿Es acaso un juego? NO PACTES CON DIOS SINO ESTAS DISPUESTO A CUMPLIR.
Esto es triste, pero real. Y es que somos débiles para hablar pronto. A veces motivados por la alegría, la tristeza y el temor, hacemos promesas y decimos cual Faraón: "Lo haré", para luego arrepentirnos, y olvidarnos de nuestras promesas.
¿Cuántas veces hemos dicho: "Sí Señor, lo haré? ¿Ésta es la última vez que lo hago. A partir de hoy las cosas serán diferentes..."? Y no mentimos. Nos comprometimos. Hicimos un pacto porque sentíamos esa necesidad. Queríamos hacerlo, pero cuando la tormenta pasó, cuando la situación se compuso, nos olvidamos de lo dicho. HICIMOS PACTO CON DIOS y NO LO CUMPLIMOS.
Ya lo dijo el sabio Salomón: "Cuando a Dios hagas promesas, no tardes en cumplirla; porque Él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes" (Eclesiastés 5:4). Y, ¿cómo es que no se complace de los INSENSATOS? Jeremías describe qué le ocurriría a los que quebraron el pacto/ compromiso con Dios y no lo cumplieron de la manera más terrible: "los entregaré en mano de sus enemigos y en mano de los que buscan su vida; y sus cuerpos muertos serán comida de las aves del cielo, y de las bestias de la tierra" (Jeremías 34:20). Qué triste.
Gracias a Dios estamos vivos aún. Y estar con vida es sinónimo de una nueva oportunidad. Un nuevo amanecer es igual a la voz de Dios diciéndote: "Te amo, aprovecha este día porque estás en mis planes aún". Hagamos las cosas bien. No prometas lo que no cumplirás porque seremos juzgados por nuestras palabras para justificación o para condenación.
Hoy es un nuevo día. Es posible que hayas prometido a Dios y no hayas cumplido. Hoy es una nueva oportunidad. Cumplamos nuestras promesas con Dios.
Que Dios te bendiga.
- Jeremías 34:8-22 -
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LAS PROMESAS DE DIOS SON INAGOTABLES - Jeremías 33:1



El texto de hoy inicia diciendo: "Vino Palabra de Jehová a Jeremías por segunda vez". ¿Cuántas veces tiene que decirnos Dios lo mismo para que le creamos? ¿Tan duro es el corazón del ser humano para que Dios vez tras vez no diga lo mismo? Así somos. Nos cuesta creer en la Palabra de Dios. Ya dijimos antes, preferimos creer en palabras de hombres, líderes políticos, actores de la TV, líderes de opinión, o simplemente creer en "cuentos de hadas", pero creerle a Dios es más complejo de lo que parece. Y es que nos hemos acostumbrado a ver para creer. 
La declaración "vino Palabra de Jehová por segunda vez" es realmente extraordinaria. En realidad no era la segunda vez (era la segunda vez en el patio del palacio), incontables veces Dios había prometido para su pueblo lo mejor: que los haría volver de la cautividad. Que les daría sanidad y felicidades. Todas estas promesas de elevarlos como el pueblo más bendecido de la tierra tendrían su cumpliendo con la llegada del Mesías. Pero estas promesas no eran simples palabrerías ni mucho menos discurso halagüeños, sino que eran tan ciertos como que La palabra "promesa" en realidad no tiene un término que como que existe el día y la noche. El dicho y la noche no pueden ser alterados porque más que hagamos o digamos algo (Jeremías 33:20). No puedes evitar que amanezca ni mucho menos que anochezca. Son leyes naturales fijas.
Dios promete estas palabras en Jeremías 33, pero si somos conscientes, vamos a descubrir que muchas veces había dicho lo mismo pero con palabras y detalles diferentes. Lo que nos hace entender que simplemente Dios repite esas promesas, no por Él, sino por el ser humano incrédulo. Que quiere escuchar, que quiere pruebas contundentes para estar seguro en qué creer.
En la Biblia existen al menos 3000 promesas, ¿porqué? Porque Dios nos conoce, sabe que somos difíciles para creer en la Palabra de Dios. A lo mejor muchas promesas para que sientas la seguridad de que Dios lo hará. ¿Necesitamos tantas promesas? No lo creo, porque Dios cumple. Nunca nos falla. Pero aún así, muchas veces nos cuesta creer. Por esto, muchas promesas.
Hoy es un nuevo día. Dios nos promete no por segunda vez, ni tercera ve, ni cuarta sino por enésima vez y más... ¿por qué no creerle? No esperes más promesas, acéptalas ya. Aceptemos esas promesas y vivamos felices, porque Dios nunca falla.
Que Dios te bendiga.
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miércoles, 23 de septiembre de 2015

PROMETEMOS Y FALLAMOS, ¿POR QUÉ? -Éxodo 24


“Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová a dicho” (Éxodo 24:3).

Después de escuchar un sermón inspirador (de esos que decimos: ¡un sermón poderoso!), solemos decir: “¡Amén!”. Y no mentimos, no. Lo decimos de todo corazón, lo sentimos en ese momento, queremos ser fieles a Dios y a su Palabra… pero, ¿por qué cuando pasan los minutos, las horas, los días, volvemos a lo mismo? El pueblo de Israel y su actitud podrían enseñarnos muchas lecciones, a ellos les pasó lo mismo, y muchas veces. ¿Cuántas veces prometimos fidelidad a Dios y le hemos fallado? Jesús nos diría: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mat.26:41). Y es que somos tan humanos, tan simples, tan débiles, tan imperfectos, tan corruptos… Somos de carne y hueso, y Dios lo sabe.

Cuando Moisés regresó de su diálogo con Dios en el monte de Sinaí, donde Dios le contó el propósito que tenía para su pueblo: Que sea reino de sacerdotes y una nación santa (Ex. 19:5, 6), llama la atención que la Biblia dice: “Y todo el pueblo respondió a una voz, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxodo 19:8). El pueblo no mentía. El pueblo de Israel decía la verdad, sentía emoción de ser considerado un pueblo especial, tenían toda la voluntad, pero no conocían su propio corazón. No sabían que el corazón del hombre es engañoso  y que nadie lo conoce (Jer.17:9). ¿Te ha pasado alguna vez? ¿Creías que te conocías bien, pero te diste cuenta que no te conocías e hiciste cosas que jamás hubieras imaginado hacer? Es real, solo Dios conoce tu corazón, tu vida… nadie más.

En el capítulo de hoy, vemos a Moisés de regreso del Monte de Sinaí, con el libro del pacto (todo lo registrado desde Éxodo 20:22 a 23:33, pues el pueblo de Israel  le había dicho a Moisés que vaya solo y converse con Dios por temor a morir), y “contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová a dicho” (Éxodo 24:3). Y por si esto fuera poco, al día siguiente, Moisés, nuevamente “tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7). Una vez más, el pueblo promete, y ahora añade: OBEDECEREMOS.

Obediencia. Tan necesaria, y tan difícil de lograrla. Buscamos obediencia y nos encontramos con todo lo contrario, la DESOBEDIENCIA. No importa cuántas veces prometamos, casi siempre vamos a terminar desobedeciendo. Y no es una declaración fatalista y pesimista de la vida cristiana, es una constante. Te ha pasado si eres humano. La pregunta que viene a mi mente es, ¿Dios conoce esa “constante” en el ser humano? La respuesta es, sí. Dios conoce tu corazón, Él sí sabe la naturaleza rebelde de tu corazón a diferencia de ti. Y a pesar de eso, quiere hacer un pacto cada día contigo. Sabe que le fallarás, pero su amor es más grande, que conociendo todo lo malo del ser humano, entregó a Jesús para morir por la caída humanidad.

Y Jesús, que es el camino, la verdad y la vida (Jn.14:6), es el único que puede ayudarnos a cumplir con nuestro compromiso de fidelidad a Dios. El pueblo de Israel, así como nosotros creyó que era posible ser OBEDIENTE  a Dios con fuerzas propias, con voluntad y dominio propio… pero no es así, nunca fue así, y no lo será. Podemos tener la “buena voluntad”, pero eso es insuficiente para vencer, para ser OBEDIENTE, es necesario vivir con Cristo, porque separados de Él, nada podremos hacer (Jn.15:5). No es poesía, es real. En mi experiencia personal, cuando más seguro pensé que estaba, más lejos de Dios llegué, más hondo caí. No es con fuerza, es con el Espíritu de Dios (Zac.4:6).

Buen día!

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¡Dios te bendiga mucho! 

viernes, 11 de septiembre de 2015

"EN EL MISMO DÍA": DIOS CUMPLE SU PROMESA - Éxodo 12


“El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue cuatrocientos treinta años. Y pasados los cuatrocientos treinta años, en el mismo día todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto” (Éxodo 12:40, 41).

Las casualidades no tienen parte en la agenda divina. Todo lo que Dios hace es el cumplimiento de  un plan diseñado mucho antes de tu nacimiento (Jer.1:5 cf. Sal. 139:16). Puede parecer extraño, difícil de entender, pero debes tener la seguridad que todo está planificado para tu bien (Jer. 29:11). Es por ello cuando llegamos a entender las acciones de Dios no dejamos de sorprendernos y de alabarlo.

Dios le había dicho a Abraham que su “descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años” (Gen.15:13). Y así fue. “Esa etapa de servidumbre de Israel había de incluir no sólo la servidumbre sino también aflicción y persecución. El cumplimiento de esta profecía puede comprobarse prácticamente en cada generación durante cuatro siglos. Isaac, el hijo de Abraham fue “perseguido” por Ismael (Gal.4:29 cf. Gen.21:9). Jacob huyó de Esaú para salvar su vida (Gen.27:41-31), y más tarde de Labán (Gen.31:2, 21, 29). José fue vendido como esclavo por sus propios hermanos y más tarde injustamente arrojado en la cárcel (Gen.37:28; 39:20). Finalmente, los hijos de Israel fueron oprimidos grandemente por los egipcios después de la muerte de José (Ex.1:8,12).” (Comentario Bíblico Adventista, p.1:326, 327). Dios cumple sus promesas. No importa qué es lo que tenga que hacer para ello. Abrirá el mar para que pases en seco si es necesario… Dios cumple lo que promete. No dudes jamás de ello.

Todos los seres humanos nacimos en Egipto. En Egipto aprendimos a vivir como egipcios. Comíamos sus comidas, hablábamos, vestíamos, jugábamos, pensábamos y hacíamos todo como egipcios. Pero Dios vio nuestra aflicción. Y es que en Egipto aunque tenía cosas “bonitas” nadie era libre. No se puede ser libre si vives esclavizado. Tus hijos no son tus hijos. Tu casa no es tu casa. El esclavo no es dueño de nada, todo lo que tiene es de su amo, del Faraón. Cuando parecía que tu vida estaba destinada a sufrir, a llorar y a una desgracia total… Un día, Dios envió mensajeros, Moisés y Aarón, y a través de ellos conociste el gran poder de Dios. No fue fácil salir de Egipto. El Faraón te oprimía más, te esclavizaba más… trabajo, tu familia, etc. Pero, finalmente, un día, “el mismo día”, en ese mismo día que Dios había planificado tu libertad, tu salida de Egipto, le entregaste tu vida a Dios… y cruzaste el mar rojo: Fue tu bautismo. ¿Lo recuerdas?

En una visita pastoral a una hermana de iglesia, le pregunté, ¿cómo conoció a Cristo? La mujer sonrió y dijo: “por los golpes de mi esposo”. La miré y le dije. “¿Cansada del maltrato buscó a Dios?”. Ella me contó lo siguiente: “Fui a reclamarle mientras él estaba en un bar con sus amigos. Mis amigas me habían aconsejado que no debiera dejarme, y debía hacerle pasar vergüenza delante de sus amigos. Armándome de valor fui al bar y al verlo comencé a insultarlo y a reclamarle por dinero… Me arrepentí de haberlo hecho. Me agarró a golpes delante de sus amigos… Traté de escapar y en medio de la calle me alcanzó y cuando intentó golpearme nuevamente, un grupo de hombres con camisas y corbatas me rescataron y le dijeron que llamaría a la policía si seguía en ese plan. Unas mujeres me abrazaron y me llevaron a un cuartito decorado con papeles de colores y figuras de Jesús… lloré y lloré… ellas me trataban de consolar y finalmente me di cuenta que estaba en una iglesia. Quise salir de allí porque yo era muy católica, pero al recordar que mi esposo podía estar esperándome decidí quedarme. Escuché el sermón del pastor. Me enseñaron la Biblia y jamás dejé de asistir a la iglesia. Así conocía Cristo. Tengo 13 años en la fe. No fui a Jesús, Él vino a mí”.

 Hoy es un nuevo día. ¿Ya le has dado gracias a Dios por librarte de la esclavitud egipcia? ¿Y si aún estás en Egipto quisieras ser libertado por Dios? Lo único que Dios les pidió a los israelitas para ser librados de la muerte y ser libertados de la esclavitud fue: Que pinten los marcos de sus puertas con sangre de cordero. Eso es lo único que debes hacer ahora, pero ya no un animal y su sangre, sino por fe en Jesús (que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo – Jn. 1:29), creer en la muerte de Jesús en la cruz del calvario, creer en Él pues es el quien da libertad, paz y esperanza. Hoy es el día de tu decisión.


 Buen día!

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

EL TIEMPO DE DIOS NO ES EL TIEMPO DE LOS HOMBRES - Éxodo 3


"Pero Moisés le dijo a Dios: “¿Y quién soy para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”” (Ex. 3:11).

 El tiempo de Dios no es el tiempo del hombre. Moisés llegó a ser un líder extraordinario: “Fue enseñado Moisés en toda sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Y “Su habilidad como líder militar lo convirtió en el favorito del ejército egipcio, y la mayoría lo consideraba como un personaje notable” (Patriarcas y profetas, pp. 250). Era un líder preparado en la ciencia humana. El decreto de muerte que tenía el objetivo de matar a Moisés, fue usado por Dios, para que Moisés sea educado y capacitado como el futuro libertador del pueblo de Israel.

Moisés era consciente de quién era, y qué es lo que Dios había trazado para su vida. Los ángeles habían comunicado a los ancianos de Israel, que la opresión y humillación en Egipto tendrían su fin; y que Moisés, era el elegido para libertarlos.  Moisés sabía de labios de los mismos ángeles que él sería el libertador de las la esclavitud egipcia, y se sentía seguro de lograr ese afán. Como todo joven, impetuoso y osado, en su deseo de cumplir el propósito de Dios para con su pueblo, creía fehacientemente que la libertad sería obtenida con fuerza y armas, estrategias militares y discursos portentosos. Sin embargo, olvidaba que la batalla del Señor se libra “No con ejército, ni con fuerza, sino con” el Espíritu de Jehová (Zac. 4:6).

Uno de esos días, Moisés vio a un egipcio golpeando a un israelita, no soportó ese cuadro y le dio muerte al agresor. Nadie vio esa escena sino un israelita: “Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así” (Hch. 7:25). Moisés, pensó que era el día en que el pueblo de Dios debía levantarse contra el país opresor, y proclamarlo como libertador, pero fue grande su decepción cuando un israelita le respondió: “¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?” (Hch. 7:27). Huyó de Egipto porque Faraón se enteró de la muerte del egipcio, y de los propósitos de Moisés detrás de este significativo evento.

Moisés no estaba preparado para ser libertador según la agenda divina. Debía aprender que el tiempo  de Dios es muy diferente al tiempo de los hombres. Debía aprender a confiar enteramente en Dios. Debía aprender, así como Abraham y Jacob, que Dios no necesita “ayuditas” para cumplir sus propósitos y promesas. 40 años vivió Moisés en Madián, en el desierto como pastor de ovejas, haciendo el trabajo más repugnante para un egipcio, pero no le importaba mucho. Aprendió a obedecer, desarrolló hábitos de atento cuidado, abnegación y cuidado por su rebaño. Ninguna otra educación humana podría haber enseñado a Moisés las experiencias vividas. En el desierto, rodeado de la creación de Dios, su orgullo fue golpeado y aprendió a depender del Pastor y llegó a ser “muy manso, más que todos los hombres que había en la tierra” (Nm.12:3).

Es en ese contexto que un día, después de cuatro décadas, tiene su encuentro con Dios, con el que le había elegido para ser el libertador del pueblo israelita. Y cuando Dios le pide que vaya a Egipto y liberte a su pueblo, naturalmente dice: “¿Y quién soy para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”” (Ex. 3:11). La declaración anterior carga lecciones grandiosas. El hombre que un día estaba dispuesto a liderar las huestes israelitas contra Egipto, el que desbordaba autosuficiencia; ahora no se siente capaz de hacer tal obra. Dios había logrado su propósito: Moisés no era el mismo.

Hoy es un nuevo día. ¿Será que estás viviendo en las cortes de Egipto? en las cortes de la comodidad, de la autosuficiencia, del orgullo y lleno de conocimiento para poder hacer las cosas de Dios en un “santiamén”. Recuerda, Dios no necesita “ayuditas” para cumplir sus promesas. El tiempo de Dios es muy diferente al tiempo del hombre. Es necesario aprender, como Moisés, a depender de Dios en vez de nuestras capacidades.

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