“Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32:8).
Después del largo intercambio entre Job y sus tres amigos, aparece por primera vez un nuevo personaje: Eliú hijo de Baraquel buzita, de la familia de Ram (Job 32:2). Hasta ahora había permanecido en silencio, respetando la costumbre de que los mayores hablaran primero. Sin embargo, al ver que los tres amigos no lograban responder a Job y, al mismo tiempo, seguían condenándolo, sintió que había llegado el momento de intervenir. Su enojo era doble: contra Job, porque consideraba que en algunos momentos había defendido demasiado su propia causa; y contra los tres amigos, porque no habían encontrado respuestas y aun así seguían condenándolo.
Antes de presentar sus argumentos, Eliú deja una enseñanza muy valiosa. Reconoce que la edad merece respeto y que la experiencia tiene un enorme valor, pero también afirma que la verdadera sabiduría no depende exclusivamente de los años vividos, sino del Espíritu de Dios. Esa combinación de humildad, respeto y dependencia del Señor constituye el mejor comienzo para cualquier conversación espiritual. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La sabiduría no depende únicamente de la edad, sino de cuánto conocemos a Dios. Eliú esperó porque era joven y respetaba a los mayores. Sin embargo, comprendió que la sabiduría no se mide solamente por los años, sino por la obra del Espíritu Santo en la vida de una persona. La experiencia es un regalo invaluable, pero nunca reemplaza la comunión con Dios. Los jóvenes tienen mucho que aprender de los mayores, y los mayores también pueden enriquecerse escuchando a quienes caminan humildemente con el Señor.
2. Antes de hablar debemos aprender a escuchar. Eliú pasó varios capítulos escuchando atentamente antes de intervenir. Esa actitud contrasta con la rapidez con que muchas veces emitimos juicios. Una de las grandes virtudes del creyente es saber escuchar con paciencia antes de responder. Las palabras tienen el poder de sanar o de herir, de restaurar o de destruir. Por eso necesitamos pedir cada día que Dios gobierne nuestra lengua tanto como gobierna nuestro corazón.
3. Toda palabra sabia debe glorificar a Dios y no a quien la pronuncia. Eliú declara que no hablará para favorecer a nadie ni para buscar halagos personales (Job 32:21-22). Su propósito, al menos en esta introducción, es honrar a Dios antes que defender su propia opinión. Esa sigue siendo una gran lección para nosotros. Muchas discusiones espirituales dejan de glorificar al Señor cuando el objetivo pasa a ser demostrar quién tiene la razón. La verdadera sabiduría siempre conduce la atención hacia Dios y no hacia el ser humano.
Job 32 marca el comienzo de una nueva etapa en el libro. Eliú aportará una perspectiva distinta a la de los tres amigos. Aunque tampoco comprenderá completamente el misterio del sufrimiento de Job, recordará que la sabiduría verdadera nunca nace del orgullo humano, sino de la acción del Espíritu de Dios en el corazón.
Elena G. de White escribió: “Si Cristo gobierna nuestro corazón, las palabras manifestarán la pureza, la belleza y la fragancia de un carácter modelado y conformado según su voluntad.” (Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 268). Esa es la diferencia entre hablar desde el orgullo y hablar bajo la dirección del Espíritu. Porque al final, no se trata de quién habla primero, quién habla más o quién parece tener siempre la razón, sino de quién permite que Dios gobierne su corazón. Cuando Cristo dirige nuestra vida, aprendemos a escuchar antes de responder, a hablar con humildad y a usar nuestras palabras para edificar, consolar y glorificar únicamente al Señor.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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