“Perezca el día en que yo nací…” (Job 3:3).
lunes, 29 de junio de 2026
EL DOLOR NOS HACE PREGUNTAR POR QUÉ NACIMOS - JOB 3
Después de siete días de absoluto silencio, Job finalmente rompe el mutismo. El capítulo 3 no es un discurso doctrinal ni una oración como las que encontramos en otros libros de la Biblia. Los estudiosos de la literatura hebrea lo consideran un poema de lamentación o una elegía sapiencial, una de las piezas poéticas más intensas y conmovedoras de toda la Escritura. No es un canto de alabanza, sino el grito desgarrador de un hombre cuya vida parece haberse derrumbado por completo.
Job no fue el único personaje bíblico que llegó a experimentar sentimientos semejantes. Moisés, agotado por las constantes quejas del pueblo, le pidió a Dios que le quitara la vida antes que seguir soportando aquella carga (Números 11:14-15). Elías, después de su gran victoria en el monte Carmelo, huyó al desierto y oró diciendo: “Basta ya, oh Jehová, quítame la vida” (1 Reyes 19:4). Jeremías llegó a maldecir el día de su nacimiento casi con las mismas palabras de Job (Jeremías 20:14-18), y el profeta Jonás también expresó varias veces su deseo de morir (Jonás 4:3-8). Ninguno de ellos era un incrédulo; eran hombres de profunda fe que, en medio de un sufrimiento extremo, sintieron que ya no podían continuar.
Esto nos ayuda a comprender una realidad profundamente humana. Cuando una persona atraviesa pérdidas acumuladas, el dolor puede llegar a nublar completamente su percepción de la vida. Desde el punto de vista psicológico, el sufrimiento intenso puede producir un estado de desesperanza en el que el cerebro deja de visualizar un futuro posible. Todo parece oscuro, el dolor parece interminable y la persona siente que la vida ha perdido aquello que le daba sentido. No necesariamente desea la muerte por sí misma; muchas veces lo que desea es que termine un sufrimiento que considera insoportable.
Eso es precisamente lo que ocurre con Job.
En un solo día perdió a sus diez hijos, toda la riqueza construida durante una vida de trabajo, su posición social, su salud y, en gran medida, el apoyo emocional de su esposa. Humanamente hablando, todo aquello que daba estabilidad a su existencia había desaparecido. No es extraño que se preguntara cuál era el sentido de seguir viviendo. Y, sin embargo, hay un detalle extraordinario: aunque maldice el día de su nacimiento, nunca maldice a Dios. La fe de Job está profundamente herida, pero no destruida. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. Dios comprende el lenguaje del dolor humano. Job expresa palabras extremadamente fuertes. Sin embargo, Dios no lo reprende en este capítulo. Él sabe distinguir entre una blasfemia y el grito desesperado de un corazón quebrantado. A veces los creyentes piensan que deben ocultar su dolor delante de Dios. Job nos enseña que podemos llevarle incluso nuestras preguntas más difíciles y nuestras lágrimas más profundas.
2. El sufrimiento puede nublar el sentido de la vida, pero no cambia el propósito de Dios. Job pensó que su existencia había perdido todo significado. Sin embargo, el lector sabe algo que Job desconoce: Dios sigue teniendo el control de la historia y aún no ha terminado su obra en él. Muchas veces nosotros tampoco alcanzamos a ver el propósito de Dios en medio de nuestras pruebas. Pero el silencio de Dios nunca significa ausencia de propósito.
3. La esperanza no consiste en entenderlo todo, sino en permanecer junto a Dios mientras llegan las respuestas. Job todavía no recibe ninguna explicación. Sus preguntas continúan abiertas y el dolor sigue siendo real. Sin embargo, aunque su fe vacila, no rompe su relación con Dios. Eso marcará toda la diferencia en el resto del libro. La verdadera esperanza no nace cuando comprendemos el sufrimiento, sino cuando seguimos aferrados a Dios aun sin comprenderlo.
Job 3 nos recuerda que la Biblia no idealiza la vida de los creyentes. Presenta hombres y mujeres que lloran, dudan, se desaniman y, en ocasiones, sienten que ya no pueden más. Dios permitió que este poema de lamentación quedara registrado para enseñarnos que incluso sus hijos más fieles pueden atravesar noches muy oscuras. Pero también nos recuerda que el sufrimiento nunca tiene la última palabra. Porque al final, no se trata de los momentos en que sentimos que la vida ha perdido su sentido, sino de que Dios sigue sosteniendo nuestra vida aun cuando nosotros ya no encontramos fuerzas para sostenerla nosotros mismos.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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EN NUESTROS MOMENTOS MALOS CONOCEMOS QUIÉNES ESTÁN A NUESTRO LADO - JOB 2
“Y cuando alzaron los ojos desde lejos, no lo reconocieron; y lloraron a gritos…” (Job 2:12).
El primer capítulo de Job termina con un hombre que lo había perdido todo menos su fe. Sin embargo, el Gran Conflicto aún no había concluido. Satanás insistía en que Job seguía siendo fiel únicamente porque conservaba su salud. Entonces Dios permitió una segunda prueba. Job fue herido con una dolorosa enfermedad que cubrió todo su cuerpo de llagas malignas, desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Sentado sobre ceniza y rascándose con un pedazo de teja, el hombre más respetado del Oriente quedó reducido a una condición que inspiraba compasión y horror.
En medio de ese escenario aparecen dos grupos de personas que reaccionan de manera muy distinta frente al sufrimiento de Job: su esposa y sus amigos. Ambos también habían sufrido profundamente, pero sus respuestas fueron completamente diferentes.
La esposa de Job suele ser juzgada con mucha dureza. Sin embargo, conviene recordar que ella también había perdido absolutamente todo. Había visto morir a sus diez hijos en un solo día. Había perdido sus bienes, su estabilidad y ahora contemplaba cómo su esposo agonizaba cubierto de llagas. Ella también era una madre que lloraba y una mujer devastada por el dolor. El texto no dice que fuera una mujer impía ni enemiga de Dios. Lo que vemos es a una persona completamente quebrantada por el sufrimiento.
Precisamente desde esa desesperación pronuncia aquellas dolorosas palabras: ”¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete.” (Job 2:9). No estaba ofreciendo un consejo piadoso, sino dejando hablar a un corazón destrozado. El sufrimiento, cuando no es llevado a los pies de Dios, puede conducir incluso a los creyentes a decir cosas que jamás habrían imaginado en tiempos de tranquilidad.
En contraste aparecen los tres amigos de Job: Elifaz temanita, Bildad suhita y Zofar naamatita (Job 2:11). Más adelante sus discursos estarán llenos de errores teológicos, pero el narrador primero destaca algo digno de admiración. Cuando vieron a Job desde lejos, no pudieron reconocerlo. Entonces lloraron, rasgaron sus vestidos, echaron polvo sobre sus cabezas y permanecieron sentados junto a él durante siete días y siete noches sin pronunciar una sola palabra, porque comprendieron que su dolor era inmenso. Antes de equivocarse con sus palabras, acertaron con su presencia. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. El sufrimiento puede llevar incluso a personas buenas a decir cosas equivocadas. La esposa de Job había perdido tanto como él. Su reacción no fue correcta, pero sí fue profundamente humana. El dolor intenso puede nublar la esperanza y hacer que las personas hablen desde la desesperación. Por eso debemos aprender a tratar con misericordia a quienes atraviesan los momentos más difíciles de su vida.
2. La mejor ayuda muchas veces no consiste en hablar, sino en acompañar. Los amigos de Job dieron su mejor ejemplo durante los primeros siete días. No intentaron explicar el sufrimiento ni responder todas las preguntas. Simplemente estuvieron allí. Hay dolores tan profundos que no necesitan sermones apresurados, sino una presencia silenciosa que recuerde al que sufre que no está solo.
3. La integridad permanece aun cuando todo parece derrumbarse. Job perdió sus bienes, sus hijos, su salud y hasta el apoyo espiritual de su esposa. Sin embargo, respondió con una de las declaraciones más extraordinarias del libro: ”¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). Esto no significa que Job considerara el mal como procedente del carácter de Dios, sino que reconocía la soberanía divina aun cuando no entendía lo que estaba ocurriendo. El narrador concluye nuevamente: “En todo esto no pecó Job con sus labios.”
Job 2 nos recuerda que las pruebas también revelan la calidad de nuestras relaciones. Es cierto que en los momentos difíciles descubrimos quiénes permanecen a nuestro lado. Pero también descubrimos qué clase de amigo somos nosotros para quienes sufren. Los amigos de Job comenzaron haciendo exactamente lo que una persona afligida necesita: lloraron con él, permanecieron con él y compartieron su dolor en silencio. Porque al final, no se trata de tener siempre las palabras correctas para explicar el sufrimiento, sino de reflejar el amor de Dios permaneciendo fielmente al lado de quien más nos necesita.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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FIDELIDAD EN MEDIO DEL GRAN CONFLICTO - JOB 1
“Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.” (Job 1:1).
Con el libro de Job ingresamos a uno de los escritos más profundos de toda la Biblia. Según una antigua tradición judía, aceptada por muchos estudiosos conservadores, Moisés habría escrito este libro durante su permanencia en el desierto de Madián, antes de escribir el Pentateuco. Si esto es correcto, Job sería el primer libro bíblico escrito, incluso antes del Génesis.
Desde el primer versículo, Dios mismo presenta a Job mediante tres características que resumen toda su vida espiritual. Era perfecto y recto, es decir, íntegro y de conducta intachable; temeroso de Dios, porque vivía en reverencia y obediencia al Señor; y apartado del mal, porque no solo amaba el bien, sino que rechazaba deliberadamente el pecado. Antes de hablar de sus bienes, la Biblia habla de su carácter. Ese siempre será el verdadero patrimonio de un hijo de Dios.
Sin embargo, Job también era extraordinariamente rico. Poseía 7.000 ovejas, 3.000 camellos, 500 yuntas de bueyes (es decir, 1.000 bueyes), 500 asnas, además de muchísimos siervos. Si utilizáramos valores aproximados del mercado ganadero actual, su patrimonio sería impresionante. Solo el valor de estos animales equivaldría hoy, de forma muy conservadora, a más de 12 millones de dólares, sin contar sus siervos, tierras, viviendas, producción agrícola y negocios. En otras palabras, Job era uno de los hombres más ricos e influyentes del Oriente.
Pero lo que más impresiona no son sus riquezas, sino su vida espiritual. Cada vez que sus hijos celebraban banquetes, Job se levantaba muy de mañana para ofrecer sacrificios por ellos.
Y es precisamente un hombre así quien se convierte en el centro del Gran Conflicto. El escenario cambia de la tierra al cielo. Satanás aparece delante de Dios y cuestiona la autenticidad de la fe de Job. Según el enemigo, Job no servía a Dios por amor, sino por interés. Su argumento era sencillo: “Quítale sus bendiciones y verás cómo te maldice.” El problema ya no era Job. El problema era el carácter de Dios. ¿Puede Dios tener hijos que le sean fieles por amor y no solamente por las bendiciones que reciben?
En cuestión de horas, cuatro mensajeros llegaron uno tras otro. Los sabeos robaron sus bueyes y asnas; un fuego consumió las ovejas; los caldeos se llevaron los camellos; y finalmente un fuerte viento derribó la casa donde estaban sus diez hijos, quitándoles la vida. Sí, todo ocurrió en un mismo día, en una sucesión de tragedias tan rápida que apenas terminaba de hablar un mensajero cuando llegaba el siguiente. A continuación tres lecciones a la luz de la Biblia:
1. La fidelidad no nos exime de participar en el Gran Conflicto. Muchas personas creen que si obedecen a Dios estarán libres de pruebas. Job demuestra exactamente lo contrario. El hombre más íntegro de su generación fue precisamente el blanco del ataque de Satanás. No porque hubiera pecado, sino porque era fiel. La prueba no siempre es evidencia del desagrado de Dios; muchas veces es el escenario donde la fe demuestra su autenticidad.
2. Dios valora más nuestro carácter que nuestras posesiones. Antes de mencionar una sola oveja o un solo camello, Dios habló del carácter de Job. Las riquezas podían desaparecer en un día, pero la integridad permanecía. Vivimos en una cultura que mide el éxito por lo que una persona posee. Dios sigue midiendo el éxito por lo que una persona es.
3. La adoración verdadera permanece aun cuando las bendiciones desaparecen. La reacción de Job sigue siendo una de las declaraciones de fe más extraordinarias de toda la Escritura: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Job no sabía que detrás de sus pérdidas estaba Satanás. Tampoco conocía la escena del cielo ni entendía por qué sufría. Pero sí sabía una cosa: aunque no comprendiera lo que Dios estaba permitiendo, podía seguir confiando en Él. Y el escritor añade una frase que resume la victoria de ese primer capítulo: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.” (Job 1:22).
Job 1 nos recuerda que el Gran Conflicto no es solamente una doctrina; es una realidad que muchas veces toca nuestra propia vida. Habrá momentos en que no entenderemos por qué Dios permite ciertas pruebas ni por qué los justos sufren. Sin embargo, detrás de lo que alcanzamos a ver existe una batalla mucho mayor. La historia de Job comienza con pérdidas, lágrimas y preguntas, pero también con una certeza inquebrantable: Dios sigue sentado en su trono. Porque al final, no se trata de cuánto podamos perder en esta vida, sino de permanecer fieles al Dios que jamás nos perderá de vista, aun en medio de nuestro mayor sufrimiento.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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LA VERDADERA GRANDEZA DE MARDOQUEO - ESTER 10
“Porque Mardoqueo el judío fue el segundo después del rey Asuero, y grande entre los judíos, y estimado por la multitud de sus hermanos, porque procuró el bienestar de su pueblo y habló paz para todo su linaje.” (Ester 10:3).
El libro de Ester termina de una manera sorprendentemente sencilla. Después de decretos imperiales, conspiraciones, ayunos, amenazas de exterminio, banquetes y milagros providenciales, el relato concluye con apenas unos versículos. No hay una gran celebración final ni largos discursos. Simplemente se nos presenta a Mardoqueo ocupando una posición de honor en el imperio persa y se resume su vida en una frase extraordinaria.
El capítulo comienza mencionando el poder y la grandeza de Jerjes. Luego habla de las obras de Mardoqueo registradas en las crónicas oficiales del imperio. En aquellos tiempos, los reyes mandaban escribir sus victorias, hazañas y acontecimientos importantes para que quedaran preservados para las generaciones futuras. Allí quedó registrado el servicio de Mardoqueo, su fidelidad al rey y su papel en la preservación del imperio.
Pero el cronista inspirado no destaca principalmente sus cargos ni su influencia política. Tampoco resalta sus riquezas o su posición en el reino. Lo que Dios decide destacar es mucho más profundo: Mardoqueo fue grande porque buscó el bienestar de su pueblo y habló paz para los suyos.
Esa definición de grandeza es radicalmente diferente a la que suele tener el mundo. Mardoqueo pudo haber utilizado su nueva posición para enriquecerse, vengarse o buscar prestigio personal. Sin embargo, utilizó su influencia para bendecir a otros. Después de haber sido perseguido, amenazado y despreciado, no aparece buscando revancha. Aparece trabajando por el bienestar de quienes lo rodeaban.
En cierto sentido, toda la historia de Ester apunta hacia este momento. Dios no exaltó a Mardoqueo para que viviera para sí mismo. Lo exaltó para que sirviera mejor a los demás. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La verdadera grandeza se mide por cuánto servimos a otros. El mundo mide la grandeza por la fama, el dinero o el poder. Dios la mide por el servicio. Por eso Mardoqueo es recordado no por su cargo, sino por haber procurado el bienestar de su pueblo. Este es el mismo principio que enseñó Jesús cuando dijo que el mayor debía ser el servidor de todos. El liderazgo más grande es el que vive para bendecir a otros.
2. Dios recompensa la fidelidad de sus hijos a su debido tiempo. Durante años, Mardoqueo permaneció fiel sin recibir reconocimiento. Fue ignorado cuando salvó la vida del rey. Fue amenazado por Amán. Fue objeto de un decreto de muerte. Pero Dios nunca olvidó su fidelidad. Finalmente fue exaltado y honrado delante de todos. La Biblia enseña que Dios sigue actuando de la misma manera. Quizás las recompensas no siempre lleguen en esta vida, pero ninguna fidelidad pasará desapercibida delante del Señor.
3. Hay un registro celestial mucho más importante que las crónicas de Persia. Las hazañas de Mardoqueo fueron escritas en los libros del imperio persa. Pero esos registros desaparecieron hace siglos. Sin embargo, la Biblia habla de otro libro que permanece para siempre: el Libro de la Vida. Apocalipsis nos recuerda que Dios lleva un registro perfecto de quienes le pertenecen. Las crónicas humanas son temporales; el registro celestial es eterno.
El final de Ester apunta silenciosamente hacia esa esperanza. Así como Mardoqueo fue reconocido por su fidelidad y servicio, llegará el día cuando Dios mismo reconocerá públicamente a sus hijos fieles. No porque hayan ganado su salvación, sino porque permitieron que Dios obrara a través de ellos para bendecir a otros.
El libro comenzó con una crisis en un palacio persa y termina con un hombre de Dios ocupando una posición de influencia para servir a su pueblo. A lo largo de toda la historia, Dios nunca fue mencionado explícitamente, pero estuvo presente en cada página, guiando acontecimientos, abriendo puertas, protegiendo a su pueblo y exaltando a sus siervos fieles.
Ester termina recordándonos que la verdadera misión no consiste en vivir para nosotros mismos, sino en procurar el bienestar de otros. Eso fue lo que hizo Mardoqueo. Y en realidad, eso es evangelismo en su forma más pura: vivir de tal manera que nuestra influencia, nuestros dones y nuestra vida misma sirvan para bendecir y salvar a otros. Porque al final, no se trata de cuán grandes lleguemos a ser ante los hombres, sino de que nuestro nombre permanezca escrito en el Libro de la Vida y que Dios pueda decir que vivimos buscando el bienestar de su pueblo y la gloria de su nombre.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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DIOS CONVIERTE UN DÍA DE MUERTE EN DÍA DE SALVACIÓN - ESTER 9
“Estos días serían recordados y celebrados por todas las generaciones…” (Ester 9:28).
El capítulo 9 de Ester narra el día que todos los judíos habían temido durante meses. Finalmente llegó la fecha señalada por Amán para el exterminio del pueblo de Dios. Sin embargo, gracias al nuevo decreto emitido por Jerjes, los judíos ahora tenían autorización para defenderse de quienes intentaran destruirlos. Lo que había sido diseñado como un día de muerte se transformó en un día de victoria.
La protección de Dios fue evidente en todo el imperio. Desde Susa hasta las provincias más lejanas, los enemigos de los judíos fueron derrotados. El texto destaca repetidamente que los judíos no se apoderaron de los bienes de sus adversarios, aunque tenían derecho a hacerlo. Esto demuestra que no actuaban movidos por la codicia ni por deseos de venganza personal, sino por la necesidad de preservar sus vidas y la existencia misma del pueblo del pacto.
En Susa, la victoria fue tan significativa que Jerjes informó personalmente a Ester sobre lo ocurrido. Sin embargo, el rey también le preguntó si deseaba alguna otra petición. Entonces Ester solicitó que la defensa continuara un día más en la capital y que los diez hijos de Amán fueran exhibidos públicamente. Esto puede parecer duro para nuestra sensibilidad moderna, pero en el contexto antiguo tenía un propósito muy claro: demostrar que el poder de Amán y su influencia habían sido completamente destruidos.
Aquí encontramos una poderosa enseñanza espiritual. El problema no era solamente Amán. El problema era todo aquello que Amán representaba: el odio contra el pueblo de Dios, la rebelión contra los propósitos divinos y el intento de destruir el plan de salvación. Por eso la caída de Amán debía ser completa. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. Dios no solo derrota el mal; un día lo eliminará para siempre. La destrucción definitiva del poder de Amán nos recuerda una gran verdad bíblica. En el juicio final, Dios no permitirá que el pecado continúe existiendo eternamente. Así como el enemigo del pueblo fue eliminado completamente, llegará el día cuando Satanás, el pecado y la muerte desaparecerán para siempre. El Gran Conflicto terminará con una victoria absoluta de Dios y no quedará ningún vestigio del mal para volver a contaminar el universo.
2. Las mayores victorias espirituales ocurren cuando Dios transforma aquello que parecía una derrota. La fecha elegida por Amán debía ser recordada como el día de la destrucción de los judíos. Sin embargo, Dios transformó ese mismo día en una celebración de liberación. A lo largo de la Biblia encontramos este mismo patrón. El Mar Rojo parecía una trampa y se convirtió en una liberación. La cruz parecía una derrota y se convirtió en la victoria más grande de la historia. Dios tiene la capacidad de transformar nuestros momentos más oscuros en testimonios de su poder.
3. El pueblo de Dios debe recordar constantemente sus actos de liberación. Por eso nace la fiesta de Purim. La palabra “Pur” significa “suerte” o “lote”. Amán había echado el “pur” para determinar la fecha del exterminio (Ester 3:7). Lo que para él representaba un día de muerte se convirtió en un día de salvación. Por eso Mardoqueo estableció que aquellos días fueran recordados generación tras generación. El pueblo debía recordar siempre que no había sido librado por su propia fuerza, sino por la intervención providencial de Dios.
Existe aquí un hermoso paralelo con la Pascua. En el Éxodo, Dios liberó a Israel de la esclavitud de Egipto. En Ester, Dios liberó a su pueblo de un decreto de exterminio. Ambas celebraciones tenían el mismo propósito: recordar que la salvación proviene de Dios y no de los seres humanos. La memoria espiritual fortalece la fe de las nuevas generaciones.
Ester 9 nos lleva finalmente al desenlace de una historia que comenzó con un decreto de muerte y terminó con una fiesta de liberación. Lo que Amán planeó para destruir al pueblo de Dios terminó glorificando al Dios de ese pueblo. Y en esto encontramos una hermosa anticipación del final de la historia humana. Hoy seguimos viviendo en medio del Gran Conflicto, donde el pecado, el sufrimiento y la muerte parecen tener poder. Pero así como ocurrió en los días de Ester, llegará el momento en que Dios revertirá completamente la situación. Porque al final, no se trata de los decretos que el enemigo emite contra el pueblo de Dios, sino de la victoria definitiva del Dios que un día pondrá fin al pecado y transformará para siempre nuestro día de angustia en un día eterno de salvación.
Feliz día.
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UNA SENTENCIA DE MUERTE FUE UNA OPORTUNIDAD DE SALVACIÓN - ESTER 8
“Y en cada provincia y en cada ciudad donde llegó el mandamiento del rey, los judíos tuvieron alegría y gozo…” (Ester 8:17).
La muerte de Amán no resolvió automáticamente el problema del pueblo judío. El enemigo había desaparecido, pero su decreto seguía vigente. Miles de familias continuaban bajo una sentencia de exterminio que debía cumplirse en la fecha señalada. Aquí encontramos uno de los grandes dilemas del capítulo: aunque Jerjes amaba a Ester y había honrado a Mardoqueo, las leyes persas firmadas con el anillo real no podían ser revocadas. Lo que estaba escrito seguía teniendo fuerza legal.
Entonces Ester vuelve a presentarse delante del rey. Esta vez llora y suplica por la vida de su pueblo. Su misión aún no había terminado. Ella comprendía que la caída de Amán era apenas una parte de la solución. El verdadero problema seguía siendo el decreto que amenazaba a todos los judíos del imperio.
Jerjes responde que no puede anular la ley anterior, pero les concede algo extraordinario: autoridad para redactar un nuevo decreto en nombre del rey. No se trataba exactamente de reemplazar un decreto por otro, sino de emitir una nueva disposición que permitiera a los judíos defenderse de quienes intentaran destruirlos. De esta manera, el día que había sido planeado para su exterminio se convertiría en el día de su liberación.
La rapidez con que actuaron Mardoqueo y los escribas es impresionante. El nuevo decreto fue redactado y enviado inmediatamente por medio del sistema de correos persa. Jinetes montados en los caballos más veloces del reino llevaron la noticia a las ciento veintisiete provincias del imperio. Lo que antes había sido un mensaje de muerte ahora se transformaba en un mensaje de esperanza.
Y entonces ocurre algo extraordinario. El texto dice: “Muchos de entre los pueblos de la tierra se hacían judíos, porque el temor de los judíos había caído sobre ellos” (Ester 8:17). No se trataba simplemente de miedo humano. Las personas comenzaron a reconocer que algo especial estaba ocurriendo con el pueblo de Dios. La providencia divina era tan evidente que muchos decidieron identificarse con ellos. A continuación tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. La oración debe ir acompañada de perseverancia hasta que la misión sea completada. Ester podría haber pensado que todo terminó con la caída de Amán. Sin embargo, comprendió que aún quedaba trabajo por hacer. La misión no concluye cuando desaparece el primer obstáculo. Los hijos de Dios deben perseverar hasta que la obra esté terminada.
2. Dios puede transformar el día de la derrota en el día de la victoria. El mismo día que había sido señalado para la destrucción de los judíos terminó convirtiéndose en la ocasión de su liberación. Esa es una de las especialidades de Dios a lo largo de la Biblia. José pasó de la cárcel al palacio. Daniel salió del foso. La cruz se convirtió en el instrumento de salvación. Dios tiene el poder de transformar aquello que parecía una derrota definitiva en una victoria gloriosa.
3. Un pueblo que experimenta la intervención de Dios se convierte en un poderoso testimonio para otros. Los habitantes del imperio observaron lo que estaba ocurriendo y muchos decidieron unirse al pueblo de Dios. La fe auténtica siempre tiene un poder de influencia. Cuando Dios obra en favor de su pueblo, otros comienzan a preguntarse quién es el Dios que ellos sirven. El testimonio más poderoso muchas veces no es un sermón, sino una vida donde la mano de Dios se hace evidente.
Ester 8 también nos recuerda una verdad profética. Así como hubo un decreto de muerte contra el pueblo de Dios en los días de Ester, la Biblia enseña que en el tiempo del fin también habrá oposición contra quienes permanezcan fieles al Señor. Sin embargo, así como Dios intervino en Persia, también sostendrá a su pueblo en los momentos más difíciles de la historia.
Lo más hermoso del capítulo es que donde antes había llanto ahora hay gozo, donde había temor ahora hay esperanza y donde había una sentencia de muerte ahora hay una oportunidad de vida. Porque al final, no se trata de cuán amenazantes parezcan los decretos humanos, sino de que Dios sigue teniendo la última palabra sobre el destino de su pueblo.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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