“ Y le dijo David: ¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para matar al ungido de Jehová? Entonces llamó David a uno de sus hombres, y le dijo: Ve y mátalo. Y él lo hirió, y murió” (2 Samuel 1:14, 15).
En cierta empresa un joven empleado vio la oportunidad de ascender rápidamente. Su jefe estaba pasando por un momento difícil y necesitaba a alguien “leal”, alguien que le dijera exactamente lo que quería oír. Así que el muchacho empezó a adornar la verdad… primero un pequeño ajuste, luego una exageración piadosa, y finalmente una mentira bien armada. No lo hacía para hacer daño —decía— sino para quedar bien, para agradar, para ser aceptado. Durante un tiempo funcionó. Sonrisas, palmadas en la espalda, reconocimiento. Pero un día, alguien preguntó más de la cuenta. Los hechos hablaron. Y la misma mentira que parecía ser su escalera… terminó siendo su caída.
Eso es exactamente lo que encontramos en 2 Samuel 1, un joven amalecita que creyó que una mentira oportuna lo llevaría al favor del futuro rey… sin saber que estaba firmando su sentencia. David acaba de regresar de la batalla contra los amalecitas (irónicamente). Todavía no sabe que Saúl ha muerto. Entonces aparece este joven, con la corona y el brazalete del rey, trayendo una noticia impactante… y una historia falsa. Él dijo: “Yo lo maté” (v. 10). Pero 1 Samuel 31 deja claro que Saúl murió por su propia mano. ¿Por qué mentir? Porque el joven leyó mal el corazón de David.
1. La mentira nace cuando queremos agradar más a las personas que a Dios. El amalecita pensó: “Saúl odiaba a David, David odiará a Saúl. Si digo que yo lo maté, David me recompensará”. Pero olvidó algo fundamental, David no actuaba por resentimiento, sino por principios. La mentira casi siempre nace del deseo de aceptación, aprobación o beneficio. Cuando acomodamos la verdad para agradar a alguien, ya hemos dejado de agradar a Dios. Y ninguna mentira “bien intencionada” tiene la bendición del cielo.
2. La mentira revela que no conocemos el carácter de Dios ni de sus siervos. El joven amalecita no conocía a David. Creyó que David celebraría la muerte del ungido de Jehová. Pero David rasgó sus vestidos, lloró, ayunó e hizo duelo por Saúl. David entendía algo que el mentiroso ignoraba, Dios sigue siendo santo, aun cuando sus siervos fallen. La mentira muchas veces nace de una lectura equivocada de la realidad espiritual. Pensamos que todos funcionan como nosotros, que todos celebran lo que a nosotros nos conviene.
3. La mentira siempre cobra su precio, tarde o temprano. El amalecita vino esperando recompensa… y recibió juicio. Sus propias palabras fueron usadas como evidencia contra él: “Tu sangre sea sobre tu cabeza, porque tu boca atestiguó contra ti” (2 Sam. 1:16). La mentira tiene un boomerang espiritual, sale de tu boca prometiendo vida… y regresa trayendo muerte. Puede tardar, puede parecer que funciona, pero siempre termina mal. Dios no necesita que maquillemos la verdad para bendecirnos. La honestidad puede doler hoy, pero la mentira siempre mata mañana.
El amalecita perdió la vida por una mentira.
David, en cambio, siguió siendo levantado por Dios… porque eligió la verdad, aun cuando le costaba lágrimas.
Hoy Dios nos hace una pregunta sencilla, pero profunda, ¿prefieres quedar bien… o vivir bien delante de Él? Recuerda, la verdad nunca te deja sin recompensa, y la mentira nunca te deja sin consecuencias. Que el Señor nos dé el valor de decir la verdad, confiar en Él y dejar que sea Dios —y no nuestras mentiras— quien escriba nuestra historia.
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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