lunes, 5 de enero de 2026

EL REMORDIMIENTO NO PRODUCE TRANSFORMACIÓN - 1 SAMUEL 26



“Entonces dijo Saúl: He pecado; vuélvete, hijo mío David, que ningún mal te haré más, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos. He aquí yo he hecho neciamente, y he errado en gran manera” (1 Samuel 26: 21).

La reincidencia de Saúl no es solo una falla de carácter, sino un retrato del corazón humano cuando no se rinde plenamente a Dios. El versículo 21 es clave porque muestra un arrepentimiento tardío, emocional, pero no transformador, ahí la diferencia entre el arrepentimiento y el remordimiento. El primero es transformador, pero el remordimiento es simplemente emocional y pasajero. Alguna selecciones a la luz del texto:
1. El remordimiento sin conversión vuelve a repetir la historia. Saúl ya había dicho palabras similares en 1 Samuel 24:16–19. Lloró, confesó, prometió cambiar… pero volvió a perseguir a David. Dios nos muestra que no todo arrepentimiento es igual. Hay un dolor que solo busca alivio momentáneo y otro que produce una vida nueva (2 Corintios 7:10). Muchos creyentes no necesitan más lágrimas, sino una decisión radical de rendición. La buena noticia es que Dios sigue llamando, aun cuando caemos en ciclos repetidos.
2. Reconocer la verdad no es lo mismo que someterse a ella. Saúl reconoce tres cosas en el verso 21: “He pecado”, “he hecho neciamente” y “he errado en gran manera”. Pero nunca suelta el trono, ni la lanza, ni el control. Reconoce a David como justo, pero no permite que Dios gobierne su corazón. Dios no solo quiere que admitamos la verdad, sino que vivamos bajo ella. La esperanza cristiana es que el Espíritu Santo sí puede romper patrones reincidentes cuando le damos el control. La verdad reconocida, pero no obedecida, termina siendo una carga y no una liberación.
3. Dios protege a sus siervos aun cuando los enemigos quieren hacerte daño. Saúl no cambió, pero Dios sí siguió cuidando a David. David no se vengó, no forzó el cumplimiento de la promesa, no se adelantó a Dios. Aunque otros reincidan en su maldad, Dios no abandona a los que confían en Él. La justicia de Dios no depende del arrepentimiento del opresor, sino de la fidelidad del Señor.
Tal vez alguien hoy sigue siendo herido por la misma persona, la misma situación, el mismo pecado… La esperanza es esta: Dios ve, Dios guarda y Dios vindica en su tiempo. Saúl dijo: “He pecado”, pero David vivió confiando. La verdadera esperanza no está en promesas humanas que se repiten y se rompen, sino en un Dios que nunca reincide en su fidelidad. “Fiel es el que prometió.” (Heb. 10:23)
Feliz día.
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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