miércoles, 2 de septiembre de 2015

EL TIEMPO DE DIOS NO ES EL TIEMPO DE LOS HOMBRES - Éxodo 3


"Pero Moisés le dijo a Dios: “¿Y quién soy para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”” (Ex. 3:11).

 El tiempo de Dios no es el tiempo del hombre. Moisés llegó a ser un líder extraordinario: “Fue enseñado Moisés en toda sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Y “Su habilidad como líder militar lo convirtió en el favorito del ejército egipcio, y la mayoría lo consideraba como un personaje notable” (Patriarcas y profetas, pp. 250). Era un líder preparado en la ciencia humana. El decreto de muerte que tenía el objetivo de matar a Moisés, fue usado por Dios, para que Moisés sea educado y capacitado como el futuro libertador del pueblo de Israel.

Moisés era consciente de quién era, y qué es lo que Dios había trazado para su vida. Los ángeles habían comunicado a los ancianos de Israel, que la opresión y humillación en Egipto tendrían su fin; y que Moisés, era el elegido para libertarlos.  Moisés sabía de labios de los mismos ángeles que él sería el libertador de las la esclavitud egipcia, y se sentía seguro de lograr ese afán. Como todo joven, impetuoso y osado, en su deseo de cumplir el propósito de Dios para con su pueblo, creía fehacientemente que la libertad sería obtenida con fuerza y armas, estrategias militares y discursos portentosos. Sin embargo, olvidaba que la batalla del Señor se libra “No con ejército, ni con fuerza, sino con” el Espíritu de Jehová (Zac. 4:6).

Uno de esos días, Moisés vio a un egipcio golpeando a un israelita, no soportó ese cuadro y le dio muerte al agresor. Nadie vio esa escena sino un israelita: “Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así” (Hch. 7:25). Moisés, pensó que era el día en que el pueblo de Dios debía levantarse contra el país opresor, y proclamarlo como libertador, pero fue grande su decepción cuando un israelita le respondió: “¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?” (Hch. 7:27). Huyó de Egipto porque Faraón se enteró de la muerte del egipcio, y de los propósitos de Moisés detrás de este significativo evento.

Moisés no estaba preparado para ser libertador según la agenda divina. Debía aprender que el tiempo  de Dios es muy diferente al tiempo de los hombres. Debía aprender a confiar enteramente en Dios. Debía aprender, así como Abraham y Jacob, que Dios no necesita “ayuditas” para cumplir sus propósitos y promesas. 40 años vivió Moisés en Madián, en el desierto como pastor de ovejas, haciendo el trabajo más repugnante para un egipcio, pero no le importaba mucho. Aprendió a obedecer, desarrolló hábitos de atento cuidado, abnegación y cuidado por su rebaño. Ninguna otra educación humana podría haber enseñado a Moisés las experiencias vividas. En el desierto, rodeado de la creación de Dios, su orgullo fue golpeado y aprendió a depender del Pastor y llegó a ser “muy manso, más que todos los hombres que había en la tierra” (Nm.12:3).

Es en ese contexto que un día, después de cuatro décadas, tiene su encuentro con Dios, con el que le había elegido para ser el libertador del pueblo israelita. Y cuando Dios le pide que vaya a Egipto y liberte a su pueblo, naturalmente dice: “¿Y quién soy para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”” (Ex. 3:11). La declaración anterior carga lecciones grandiosas. El hombre que un día estaba dispuesto a liderar las huestes israelitas contra Egipto, el que desbordaba autosuficiencia; ahora no se siente capaz de hacer tal obra. Dios había logrado su propósito: Moisés no era el mismo.

Hoy es un nuevo día. ¿Será que estás viviendo en las cortes de Egipto? en las cortes de la comodidad, de la autosuficiencia, del orgullo y lleno de conocimiento para poder hacer las cosas de Dios en un “santiamén”. Recuerda, Dios no necesita “ayuditas” para cumplir sus promesas. El tiempo de Dios es muy diferente al tiempo del hombre. Es necesario aprender, como Moisés, a depender de Dios en vez de nuestras capacidades.

Buen día!
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¡Dios te bendiga mucho!


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