viernes, 9 de abril de 2010

¿TODO O NADA?: LA DIFERENCIA LA HACE CRISTO

“entonces elegid hoy a quién serviréis…Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15).

Es interesante leer la Biblia, pero mucho más interesante y más emocionante se torna cuando sientes que ella te habla sin rodeos: “al grano”. “La Palabra de Dios, es viva y eficaz”, y sí que lo es, para hoy, y para todos los tiempos.
En la Biblia nos encontramos con un texto muy hermoso, “Todo lo puedo en Cristo…” (Fil. 4:13). La palabra todo en el idioma griego es pan y significa absoluto, total, es la palabra más abarcante que existe. Por otro lado, la preposición en, en griego es én y significa: en, con, por. Con lo dicho, podemos entender que CON CRISTO, EN CRISTO Y POR CRISTO, TODO ES POSIBLE, ABSOLUTAMENTE TODO. Ya lo dice Lucas 1:47 “No hay imposible para Dios…”, y sí que es cierto.
Ahora, Juan 15:5 dice: “separados de mí, nada podéis hacer…”, ¡qué grandioso versículo! Es todo lo contrario al verso anterior (Fil. 4:13). Si con Cristo todo era posible, según este texto, SIN CRISTO NADA ES POSIBLE.
¿A quién quieres ir hoy, a Cristo o a…? La respuesta es únicamente tuya. Pero recuerda, la diferencia la hace Cristo, y nadie más, ve a él y no dudes más.

Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

miércoles, 24 de marzo de 2010

LA BLANDA RESPUESTA QUITA LA IRA


“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Prov. 15:1).
El viejo dicho brasileño dice que "Cuando uno no quiere, dos no pelean". Es simple y al mismo tiempo, profundo. Es una manera popular de presentar lo que Salomón dijo hace siglos. No hay corazón que no se conmueva ante una respuesta amable.
La vida es como un espejo. Recibimos de vuelta la imagen que proyectamos. Las palabras duras producen reacciones agresivas. Las palabras suaves producen actitudes gentiles.
El adjetivo duro en hebreo es éseb, que también puede ser traducido como "que provoca dolor". Las palabras son como cuchillos de doble filo, sirven para el bien o para el mal. Apaciguan o enfurecen los ánimos. Conciertan relaciones o las destruyen. Traen alegría o provocan dolor.
Piensa en las veces en que podrías haber usado la palabra de un modo más edificante. No te proyectes a un tiempo lejano, piensa en lo que sucedió ayer u hoy, con tu esposa o con tus hijos.
Cuando las flechas envenenadas del furor traten de alcanzarte, usa como escudo protector la respuesta blanda, suave. No entres en el juego de la provocación. Responder en el mismo tono, dejándote llevar por la pasión del momento, no es evidencia ni de sabiduría ni de valor. Tú puedes vencer a los otros y ser considerado fuerte, pero si te vences a ti mismo serás poderoso. Este tipo de victoria solo se la puede alcanzar con la ayuda del Todopoderoso.
El control de las palabras comienza con el control de las emociones, y eso es obra del Espíritu Santo. Encuentro a menudo personas que me dicen: "Yo sé que mis palabras dichas de manera inapropiada me crean problemas, pero no consigo hacer nada para cambiar esta situación".
Esa es la diferencia entre el humanismo y el cristianismo. Mientras el primero deja toda la responsabilidad sobre sus hombros, colocando su interior como fuente del poder, el cristianismo enseña que el poder no proviene de dentro de uno, sino de arriba. El cambio de temperamento es un acto divino. Dios usa como instrumento la voluntad humana, pero la criatura no pasa de ser un medio. La fuente del poder es Dios.
Inicia las actividades de este día colocando tu voluntad bajo el control divino. Deja que Jesús viva en ti y controle tus palabras, porque "La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor".

Pr. Alejandro Bullón P

martes, 9 de marzo de 2010

NO TE DEJES INTIMIDAR...!


"Y les dirá: "Oye, Israel, vosotros os juntáis hoy en batalla contra vuestros enemigos; no desmaye vuestro corazón, no temáis, ni os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos; porque Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear" Deuteronomio 20:3,4

Toda guerra abierta va precedida de una fase psicológica en la que los contendientes tratan de intimidarse mutuamente. Todo general sabe que es preferible ganar la guerra sin pelear a sacrificar muchos de sus soldados. Es tal el costo de muchas victorias que apenas quedan ánimos para disfrutar de las mismas. En la batalla que los israelitas estaban por pelear, parecía que el enemigo ya contaba con la baza de la victoria psicológica. Hizo falta un discurso formidable para recordarles que no todo estaba perdido, que Dios estaba de su lado y que, por lo tanto, no tenían por qué temer al enemigo.

En la historia de Gedeón encontramos que él estaba desanimado para emprender tan gran empresa. Vez tras vez supeditó su decisión a prueba para estar absolutamente seguro de que tendría la victoria. Si el propio Gedeón, que había escuchado la voz de Dios y había visto las pruebas de fe contestadas positivamente, tenía dudas, entonces no debemos juzgar demasiado severamente a sus soldados más dubitativos.

Dios conocía los corazones de los pusilánimes, que ya habían perdido la guerra psicológica y podían desanimar a los fieles. Por lo tanto, entró en el proceso de la depuración del ejército. No quería de ninguna manera que Gedeón o sus soldados llegasen a pensar que la victoria era de ellos. Dios usó psicología inversa para ayudarlos a entender que solamente confiando en él se logran las cosas. Los ejércitos tratan de intimidar al oponente con un gran número de hombres, con el despliegue del armamento más sofisticado y con la ventaja de la sorpresa. La actuación de Dios fue exactamente la opuesta a esto. Se valió de pocos hombres. Nunca antes se había ganado una guerra con toques de trompeta y lámparas. Y es que no hay batalla que él no pueda ganar.

Tenemos la seguridad de que él está de nuestro lado, que no hay por qué temer. No hay por qué prepararse a hacerle frente al enemigo como él espera, porque de Jehová es la victoria, y él ya ganó la batalla. Confiemos en nuestro Dios y él hará.

Israel Leito

jueves, 18 de febrero de 2010

Oh Señor, sálvame...!

Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó diciendo: «¡Señor, sálvame!» Mateo 14: 30
En tiempos de crisis, las oraciones cambian y nuestra forma de percibir las cosas toma un giro brusco. Tal fue el caso de Pedro. Dos formas de orar se manifestaron en un lapso más bien corto. La oración inicial no era una oración de fe, sino más bien de poner a prueba al Señor. «Entonces le respondió Pedro y dijo: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas"» (Mar. 14: 28). No podía aceptar lo que presenciaba como prueba suficiente de que era el Señor quien llegaba andando sobre las aguas. «Si eres tú, haz lo que yo quiero». ¿No es así como tantas veces oramos? «Yo quiero; yo necesito; yo...yo...» ¡Claro que tenemos necesidades!

El Señor nos invita a llevarle todas nuestras penas y cuitas. Nunca se cansa de recibir nuestras peticiones y súplicas.

El caso de Pedro no fue una necesidad. Lo suyo era un deseo de confirmación para cerciorarse de que era el Señor y no el fantasma que pensaron. A veces las cosas del Señor no se entienden, y la tendencia del hombre es darle interpretaciones que con frecuencia tienden a lo peor: no un ángel, sino un fantasma.

El fenómeno de caminar sobre las aguas era para todos: todos lo vieron y lo experimentaron. Facilitarle a Pedro caminar sobre las aguas era satisfacer la petición de su corazón, algo que no necesitaba pero quería. Y el Señor se lo concedió. El Señor nos da a veces cosas para que aprendamos que no todo lo que queramos es lo que necesitamos o nos conviene.

La segunda petición de Pedro, «Señor, sálvame», fue un grito de angustia. «Solo tú lo puedes hacer; confío en tu capacidad para hacerla. Esta es mi necesidad más apremiante y solo tú la puedes colmar». «Señor, sálvame» fue la oración de verdadera fe. No tenía otra alternativa: solo el Señor podía actuar para salvarlo. Ya no había duda, sino confianza absoluta en el poder del Señor.

Cuando las oraciones no son contestadas como nosotros queremos, no tiene sentido dejar de confiar en Dios. Lo que debemos hacer es buscar la voluntad del Señor o descubrir qué lecciones nos quiere enseñar con la respuesta o el silencio recibidos. Oremos sin cesar, pero siempre buscando la voluntad de Dios y no nuestros propios caprichos.

Israel Leito

lunes, 18 de enero de 2010

A IMAGEN Y SEMEJANZA DE JESÚS...!


“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (…) Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer lo creó” (Gn.1:26,27).


Los científicos y teólogos postmodernos, aseveran que el hombre es producto de la evolución. Una teoría iniciada desde la publicación del libro de Charles Darwin, Orígenes de las Especies (1844). Es sorprendente que personas inteligentes no se den cuenta de lo fantasioso que resulta esa teoría. Pero el mundo en que vivimos es así, prefiere creer en “cuentos de hadas” a creer en Dios. Le gusta creer que los muertos interceden por ellos al morir, en fin, tantas cosas.


Al creer que provienen de los primates, simplemente están diciendo: “No tenemos creador, somos el producto de una evolución, etc.” No obstante, esa idea se aleja en gran manera del concepto bíblico: “a imagen de Dios los creó”, ¡qué alegría es saber eso! Que a mí no me trajo la cigüeña, yo no soy producto de un mono, no soy producto de la evolución. Es bueno y grandioso saber que a mí me creó Dios, soy producto de sus manos.


Aquél que no entiende este asunto, será presa de la melancolía, de la ansiedad, del estrés de la vida. Un joven se acercó a mí después de una semana de oración en un colegio adventista, y me dijo: “todos mis amigos se burlan de mí, me avergüenza tener padres morenos, si tan solo hubiese nacido con otro color de piel… sería tan feliz.” El joven leía la Biblia, pero no entendía que era a imagen y semejanza de Jesús, de Dios mismo. La palabra imagen y semejanza no es lo mismo que igual. No somos igual a Dios pero tenemos rasgos que Dios en su amor nos concedió, somos su máxima y amada creación.


Hay tanta gente que vive lamentándose a causa de su estatura, peso, color de piel, condición social, nacionalidad. Soy de Perú, no es un país al cual la gente le gustaría vivir. Hay muchos peruanos que desearía vivir en otro país. Yo no, soy feliz porque entiendo que como Dios es mi creador, Él sabe porqué permitió que nazca en Perú. Quiere que haga una obra desde aquí. Recuerda eres de Dios. Él es tu creador, no eres producto de la evolución, eres obra de las manos de Dios.


Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

miércoles, 13 de enero de 2010

LA MÁXIMA CREACIÓN DE DIOS


““y que domine los peces del mar, las aves del cielo, el ganado y todo animal que anda sobre la tierra” ” (Gn.1:26).

Una de las preguntas más curiosas que laguna vez me hayan hecho, fue la de Luis, un niño de siete años de edad. Había enseñado acerca de la profecía de Daniel 7 y comencé con la primera bestia, el León, y dije: “¿Conocen el León?”, y todos en coro dijeron que sí. Y les dije que el León era el rey de la selva, y otras características de la bestia. Después del tema, Sandrito me esperó a la salida y con una mirada inconforme me dijo: “Pastor, creo que no ha enseñado conforme a la Biblia”, lo hubiera esperado de un adulto, pero, ¿de un niño? Le pregunté porqué, y él con voz suave me hizo agachar para que al oído me dijera: “en Génesis 1:26, dice que Dios le dijo a Adán que hombre es el rey de todos los animales, aves y peces…”.
La humanidad constituye la máxima creación de Dios. Que sea el que domine, pero no un dominar autoritario ni por la fuerza. La palabra hebrea para dominar es radah y significa: gobernar, mandar, señorear, etc. Ese era el plan de Dios, su plan original. El hombre debía ser el rey de la creación. Una generación real por la eternidad.
Moisés escribió “seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis reino de sacerdotes y gente santa” (Ex. 19:5,6). Pedro al llamar al pueblo “real sacerdocio” (1 Pe. 2:9), y Juan dice que Cristo “nos constituyó en un reino de sacerdotes para servir a Dios” (Ap. 1:6).
Ayer vimos que tú y yo somos creación de Dios, que no somos producto de la evolución, ni de un cuento de hadas, sino que somos producto del amor de Dios. La palabra de Dios desea que entiendas que no eres cualquier creación de Dios. Si hablaran los animales, también podrían decir que son creación de Dios, y es cierto. Pero tú y yo somos la máxima y especial creación de Dios. Sal a trabajar, a estudiar o a donde vayas recordando eso muy bien. Eres la máxima creación de a Dios, eres especial. Vales mucho. Cuando el gran conflicto termine tú y yo volveremos a nuestros orígenes, seremos reino de Dios por la eternidad. No te desanimes, hijo de Dios. Ve a Él.
Pr. Heyssen J. Cordero M.

miércoles, 6 de enero de 2010

LA FIRMA DE DIOS

“Entonces Dios bendijo el séptimo día y lo santificó, porque en él reposó de cuanto había hecho en la creación” (Gn.2:3).
Después de seis días de haber creado un mundo bueno en gran manera, cuando el sol hacía su tercera despedida portentosa, indicado así la culminación del día sexto, Dios reposó. Es decir cesó la obra maestra de su creación cual pintor sobre su fino lienzo. Si habláramos en lenguaje del reloj, el horario marcaría las 6 y el minutero las 12 aproximadamente. Minutos más, minutos menos, Dios bendijo ese nuevo día y los santificó, es decir lo separó, de los otros seis días. La pregunta que resulta es, ¿Porqué lo separó de los otros seis días? Simple como parezca, por una sencilla razón, porque ese sería el recordatorio de su gran obra maestra.
Cuando un pintor culmina cuidadosamente su obra, ¿qué es el que debe hacer para que la gente sepa que él es el autor? Estampar su firma. Así, la gente que vea aquella pintura verá quién es su autor o responsable. Dios no necesitaba descansar de la obra que hizo, Él es Dios, es un absurdo que se canse, por ello la palabra hebrea para reposar no significa “dormir” sino “parar, cesar, poner un alto”, es decir Dios dejó de crear al culminar el día sexto. Entonces Dios bendijo ese día, es el único día bendecido por Dios, no hay otro día, alguno podría decir: “¿quiere decir que los seis días restantes son malditos?” ¡No! Pero es el único día al cual verbalmente Dios pronuncia bendición.
El día séptimo o sábado, es el día que conmemora la majestuosa creación de Dios. Desde la más minúscula célula, hasta la perfecta creación de Dios, el hombre, son creación de Dios. Así, el sábado es la firma de Dios sobre la creación del universo.
Al ver su grandiosa obra, Dios diseñó un día en el cual todo el universo reconozca que lo que existe no fue producto del azar sino que Él es su creador. Que el día sábado sea un día en el cual tú puedas alabar el nombre de Dios, porque es el creador de todo cuanto existe.
Alabemos el Nombre de Dios, pues maravillosas son sus obras, mírate, tú eres parte de esa majestuosa creación, ¿por qué no vas hoy mismo a Dios y le das gracias porque es poderoso y amoroso a la vez?
Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

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