“Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado” (Salmo 28:7).
El Salmo 28 es una hermosa fotografía de la oración. No conocemos la circunstancia exacta que llevó a David a escribirlo, pero sí podemos observar algo extraordinario: el salmo comienza con un hombre clamando y termina con ese mismo hombre alabando. Los primeros cinco versículos son una súplica; los últimos cuatro expresan confianza y gratitud.
¿A quién acudir cuando las fuerzas se terminan? ¿Dónde encontrar refugio cuando no sabemos qué hacer? David había aprendido que, por encima de amigos, recursos y capacidades humanas, había un lugar seguro al cual correr: Dios. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO NO SEPAS A DÓNDE IR, CLAMA A DIOS. David comienza diciendo: “A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí” (v. 1). Es interesante que antes de recibir una respuesta David ya llama a Dios “Roca mía”. La roca representa estabilidad, seguridad y refugio. Sus circunstancias podían estar moviéndose, pero David sabía que Dios permanecía firme. Además, levanta sus manos “hacia tu santo templo” (v. 2). Su mirada se dirige hacia el lugar que representaba la presencia de Dios. La oración comienza cuando dejamos de mirar solamente el tamaño del problema y dirigimos nuestra mirada hacia Dios.
2. LA FE SIGUE CONFIANDO AUNQUE TODAVÍA NO VEA LA RESPUESTA. Hay un cambio sorprendente entre los versículos 2 y 6. Primero David dice: “Oye la voz de mis ruegos”. Después declara: “Bendito sea Jehová, que oyó la voz de mis ruegos”. ¿Qué ocurrió entre ambas declaraciones? El salmo no nos cuenta que los enemigos desaparecieron inmediatamente ni describe cómo cambió la situación. Lo que sí cambió fue la certeza del corazón de David. Esta es una de las experiencias más preciosas de la oración. Algunas veces Dios cambia rápidamente nuestras circunstancias; otras veces, antes de cambiar las circunstancias, Dios cambia nuestro corazón frente a ellas. Por eso David puede decir: “En él confió mi corazón, y fui ayudado” (v. 7). La fe aprende a descansar en Dios aun mientras espera.
3. QUIEN ENCUENTRA REFUGIO EN DIOS TERMINA ORANDO POR LOS DEMÁS. El salmo comenzó con David diciendo: “Escúchame”, pero termina diciendo: “Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; y pastoréales y susténtales para siempre” (v. 9). ¡Qué cambio! Comenzó preocupado por su propia necesidad y terminó intercediendo por todo el pueblo. La oración verdadera ensancha el corazón. Cuando experimentamos que Dios es nuestra fortaleza y nuestro escudo, comenzamos a desear que otros también experimenten su cuidado. Y aparece nuevamente una imagen que ya encontramos en el Salmo 23: Dios como Pastor. David no solamente pide que Dios salve a su pueblo, sino que lo pastoree y lo sostenga para siempre.
El Salmo 28 comienza con un clamor y termina con una certeza. Comienza con necesidad y termina con alabanza. Ese es el camino de la oración: llevamos nuestra angustia a Dios y regresamos fortalecidos por la certeza de que hemos sido escuchados. Porque al final, no se trata de tener siempre todas las respuestas, sino de saber a quién acudir cuando no las tenemos. Cuando no sepas qué hacer, cuando no encuentres dónde refugiarte y cuando las fuerzas parezcan acabarse, clama a Dios. Él sigue siendo nuestra Roca, nuestra fortaleza, nuestro escudo y nuestro Pastor.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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