“Porque el rey confía en Jehová, y en la misericordia del Altísimo, no será conmovido” (Salmo 21:7).
Todos buscamos seguridad. Protegemos nuestra familia, nuestra salud, nuestros recursos y nuestro futuro. Y cuanto mayores son las amenazas, mayor es nuestra necesidad de sentirnos protegidos. David sabía perfectamente lo que significaba vivir rodeado de enemigos. Fue perseguido por Saúl, combatió contra filisteos y enfrentó guerras contra pueblos vecinos. Sin embargo, al mirar su historia descubría una constante: los enemigos cambiaban, pero el Dios que lo protegía seguía siendo el mismo.
El Salmo 21 está estrechamente relacionado con el anterior. El Salmo 20 es la oración antes de la batalla; el Salmo 21 es la alabanza después de la victoria. Allí el pueblo pedía: “Jehová te oiga en el día de conflicto” (Salmo 20:1); ahora celebra: “El rey se alegra en tu poder” (Salmo 21:1). Es la oración respondida convertida en alabanza. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. NO OLVIDES AGRADECER DESPUÉS DE HABER PEDIDO. David reconoce: “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios” (v. 2). Antes de la batalla hubo oración; después de la batalla hubo gratitud. Nosotros, en cambio, podemos ser fervientes para pedir y olvidadizos para agradecer. Oramos cuando aparece la enfermedad, el problema económico o la crisis familiar; pero cuando llega la respuesta, fácilmente continuamos nuestra vida como si nada hubiera sucedido.David nos enseña a recordar nuestras victorias espirituales. Cada oración respondida se convierte en evidencia para enfrentar la siguiente batalla. Si Dios estuvo contigo ayer, puedes confiar en Él mañana.
2. TENER ENEMIGOS NO SIGNIFICA ESTAR DESPROTEGIDOS. El salmo habla abiertamente de enemigos que habían tramado el mal contra David (vv. 8-12). David no vivió una existencia libre de oposición. Sin embargo, tampoco vivió abandonado. Aquí encontramos una gran verdad: tener enemigos no significa que Dios nos haya dejado solos. David tuvo enemigos durante buena parte de su vida, pero tenía algo mucho mayor: tenía a Dios como amigo y protector. Por eso declara que no será conmovido, no porque sea invencible, sino porque confía “en la misericordia del Altísimo” (v. 7). Pablo expresará siglos después la misma seguridad: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31). Eso no significa que nadie estará contra nosotros; significa que ningún enemigo puede finalmente derrotar el propósito de Dios para nuestra vida.
3. TODA VICTORIA DEBE TERMINAR EXALTANDO A DIOS. El salmo comienza con el rey alegrándose y termina con Dios siendo exaltado: “Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío” (v. 13). Este detalle es fundamental. David era el rey, dirigía ejércitos y obtenía victorias, pero sabía perfectamente de dónde procedían. La victoria podía pasar por las manos de David, pero venía de las manos de Dios. Y el lenguaje real del salmo nos permite mirar más allá de David. La promesa de vida, gloria y permanencia de la dinastía davídica (vv. 4-6) encuentra su expresión definitiva en el Hijo de David, Jesucristo, el Rey cuyo reino verdaderamente permanece para siempre (2 Samuel 7:12-16; cf. 1 Corintios 15:25).
El Salmo 21 nos invita a mirar nuestra propia historia. Seguramente encontraremos dificultades, personas que nos decepcionaron, momentos en que sentimos miedo y batallas que parecían imposibles. Pero si miramos con atención también encontraremos las huellas de un Dios que estuvo allí.
David tuvo muchos enemigos, pero ninguno fue más poderoso que su Dios. Y esa sigue siendo nuestra esperanza. Porque al final, no se trata de vivir una vida sin enemigos, problemas o amenazas, sino de saber quién camina con nosotros cuando aparecen. Los enemigos pueden cambiar y las batallas pueden multiplicarse, pero nuestro Protector permanece. Por eso, después de cada victoria, no olvidemos mirar al cielo y decir como David: “Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío”.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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