“Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz” (Salmo 29:11).
El Salmo 29 es pura alabanza. David no presenta aquí una queja ni pide liberación de sus enemigos. Contempla la fuerza impresionante de una tormenta y, detrás del trueno, el viento y los relámpagos, reconoce la majestad de Dios.
La poesía es extraordinaria. La tormenta aparece sobre las aguas, golpea los cedros del Líbano, hace estremecer las montañas, lanza relámpagos y sacude el desierto. En medio de esa descripción, la expresión “la voz de Jehová” aparece siete veces (vv. 3-9). David contempla una naturaleza estremecida y llega a una conclusión: si semejante poder existe en la creación, ¡cuánto más poderoso es su Creador! A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. EN MEDIO DEL RUIDO DE LA TORMENTA, APRENDE A ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS. “Voz de Jehová sobre las aguas; truena el Dios de gloria” (v. 3). Para David, el trueno no es Dios literalmente hablando; es una imagen poética de su poder. La palabra hebrea qol puede significar voz o sonido, y aquí el estruendo de la tormenta se convierte en una ilustración de la majestad divina. Nosotros también atravesamos tormentas: enfermedades, pérdidas, problemas familiares, incertidumbre o temor. Y generalmente nuestra primera pregunta es: “Señor, ¿cuándo terminará esto?”. El Salmo 29 nos invita a formular también otra: “Señor, ¿qué quieres enseñarme en medio de esto?”A veces estamos tan concentrados en el ruido de la tormenta que olvidamos escuchar la voz de Dios.
2. NINGUNA TORMENTA ES MÁS GRANDE QUE EL DIOS QUE REINA SOBRE ELLA. La voz de Jehová quiebra los enormes cedros del Líbano, hace temblar las montañas y sacude el desierto (vv. 5-9). Los cedros del Líbano eran famosos por su tamaño y fortaleza; sin embargo, delante del poder divino también se estremecen. Entonces aparece la declaración central: “Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre” (v. 10). La tormenta está abajo; Dios continúa sentado en su trono. Jesús enseñó la misma verdad cuando, en medio de una tormenta, se levantó y ordenó al viento y al mar: “Calla, enmudece” (Marcos 4:39). Los discípulos preguntaron asombrados: “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (v. 41).
3. EL DIOS DE LA TORMENTA TAMBIÉN ES EL DIOS DE LA PAZ. Después de truenos, relámpagos, árboles quebrados y montañas estremecidas, esperaríamos un final igualmente estruendoso. Sin embargo, el salmo termina con una palabra sorprendente: paz. “Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz” (v. 11). El Dios cuya voz hace temblar los cedros utiliza ese mismo poder para fortalecer a sus hijos. Y el Rey que gobierna sobre la tormenta puede colocar paz dentro de nuestro corazón.
Quizás Dios calme inmediatamente nuestra tormenta; quizás permita que continúe un poco más. Pero mientras permanezca sentado en su trono, podemos permanecer seguros en sus manos. Porque al final, no se trata de vivir una vida sin tormentas, sino de saber quién reina sobre ellas. Cuando reconocemos que Dios sigue en el trono, podemos escuchar su voz con fe, descansar en su poder y recibir de Él justamente las dos cosas con las que termina este salmo: fortaleza para continuar y paz para confiar.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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