“Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces” (Salmo 12:6).
El Salmo 12 nace en un ambiente donde David siente que la fidelidad está desapareciendo. Las personas hablan mentira, adulan, engañan y utilizan sus palabras para manipular. Incluso llegan a decir: “Por nuestra lengua prevaleceremos” (v. 4). El problema no es solamente que existan palabras falsas; es que la mentira se ha convertido en una forma de poder. Frente a ese escenario, David mira hacia arriba y encuentra el contraste absoluto: las palabras humanas pueden ser inestables, pero las palabras de Dios son limpias, verdaderas y confiables. El salmo presenta así una de las grandes seguridades de la fe: cuando no podemos confiar en lo que dicen los hombres, todavía podemos confiar en lo que ha dicho Dios. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. No todo lo que suena bien es verdadero. El salmista habla de “labios lisonjeros” y de “doblez de corazón”. La mentira puede vestirse de amabilidad, inteligencia e incluso religiosidad. Puede decir exactamente lo que queremos escuchar y, sin embargo, conducirnos al engaño. Vivimos en un mundo saturado de voces: opiniones, promesas, noticias, consejos y discursos. Pero no toda voz merece nuestra confianza. La verdad no se determina por cuántas personas la repiten, sino por quién la pronunció. Por eso David no deposita su seguridad en las palabras humanas. Busca la Palabra de Dios.
2. La Palabra de Dios es pura porque no tiene engaño. David utiliza una imagen extraordinaria: plata refinada siete veces. La plata debía pasar por el fuego para separarla de las impurezas. La imagen comunica pureza, autenticidad y confiabilidad. El contraste es intencional: mientras las palabras humanas pueden contener engaño, las palabras de Jehová han sido presentadas como completamente puras. Y hay algo todavía más hermoso: el versículo 5 aparece entre la corrupción humana y la pureza de la Palabra. Dios dice que se levantará “por la opresión de los pobres” y por el gemido de los necesitados. Es decir, Dios no solamente habla; Dios actúa conforme a lo que habla. Sus promesas no son palabras vacías.
3. Cuando Dios habla, podemos descansar. El salmo comienza con una crisis: “Sálvame, oh Jehová” (v. 1). Y termina reconociendo que, aunque los malvados estén alrededor y la vileza parezca triunfar, Dios sigue siendo el protector de los suyos (vv. 7-8). Esta es la esperanza del salmo: la última palabra no la tiene la mentira, ni la corrupción, ni el engaño, ni quienes utilizan sus palabras para destruir. La última palabra la tiene Dios.
Quizá hoy alguien te dijo algo que te lastimó. Quizá alguien prometió y no cumplió. Quizá escuchaste una palabra que sembró miedo, incertidumbre o desesperanza. Recuerda esto: las palabras de los hombres pueden cambiar; la Palabra de Dios permanece.
El mundo puede decir: “No hay esperanza”.
Dios dice: “Me levantaré”.
El mundo puede decir: “Estás solo”.
Dios dice: “Yo te guardaré”.
El mundo puede decir: “Todo está perdido”.
Dios dice: “Pondré en salvo al que por ello suspira”.
Por eso, no construyas tu vida sobre lo que alguien dijo acerca de ti; constrúyela sobre lo que Dios ha dicho acerca de ti. No permitas que una palabra humana tenga más autoridad en tu corazón que una promesa divina. Porque las palabras humanas pueden herir, engañar y desaparecer; pero la Palabra de Dios permanece. Puede que hoy no entiendas lo que está ocurriendo, pero puedes confiar en lo que Dios ha dicho. Su Palabra ha pasado por el fuego y no contiene impureza. Y cuando todo alrededor parezca incierto, aférrate a ella: porque cuando Dios habla, puedes descansar.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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