martes, 15 de septiembre de 2026

¿DE QUIÉN TEMERÉ? — SALMO 27



“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmo 27:1).

Hay textos de la Biblia que llegan a nosotros en momentos determinados y terminan acompañándonos durante toda la vida. Personalmente, el primer versículo del Salmo 27 fue uno de los primeros que aprendí de memoria cuando era un joven nuevo en la fe. Había temores en mi corazón, pero repetir: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” me ayudaba a recordar que no estaba solo.
El Salmo 27 es precisamente un salmo para guardar en la memoria. Tiene dos partes claramente marcadas: en los versículos 1-6 David habla con una extraordinaria confianza; desde el versículo 7 comienza a clamar: “Oye… ten misericordia… respóndeme… no me dejes”. Sin embargo, no hay contradicción. El mismo hombre que confía también puede tener miedo; la fe no significa ausencia de angustia, sino saber hacia dónde mirar cuando llega la angustia. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO DIOS ES NUESTRA LUZ, EL TEMOR NO TIENE LA ÚLTIMA PALABRA. David comienza con tres imágenes: Dios es mi luz, mi salvación y mi fortaleza (v. 1). David tenía razones para sentir temor. Habla de enemigos, ejércitos, guerra y adversarios (vv. 2-3). Sin embargo, dice algo sorprendente: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón”. No está diciendo que no existen amenazas. Está diciendo que hay alguien más grande que sus amenazas. Quizá por eso este versículo resulta tan poderoso para memorizar. Cuando llegan el miedo, la incertidumbre o las malas noticias, necesitamos recordar no solamente el tamaño del problema, sino el tamaño de nuestro Dios.
2. MÁS QUE ESCAPAR DE SUS ENEMIGOS, DAVID QUERÍA ESTAR CERCA DE DIOS. Después de mencionar ejércitos y guerras esperaríamos que David pidiera armas, soldados o una victoria inmediata. Sin embargo, dice: “Una cosa he demandado a Jehová… que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida” (v. 4). ¡Qué extraordinario! Su mayor necesidad no era que cambiaran sus circunstancias, sino permanecer cerca de Dios. Aquí encontramos el secreto de la confianza de David. No era un hombre sin problemas; era un hombre que había aprendido dónde refugiarse cuando llegaban los problemas.
3. AUNQUE TODOS NOS FALLEN, DIOS NO NOS ABANDONA. Una de las declaraciones más conmovedoras aparece en el versículo 10: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”. David utiliza la imagen de los vínculos humanos más profundos. Incluso si aquellos de quienes naturalmente esperamos mayor amor llegaran a fallarnos, Dios seguiría allí para recibirnos. La expresión puede entenderse como una figura de abandono extremo: aun cuando fallen los vínculos humanos más cercanos, la fidelidad de Dios permanece. Por eso David termina hablándole a su propio corazón: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová” (v. 14).
El Salmo 27 comienza con una pregunta: “¿De quién temeré?”, y termina con una invitación: “Espera en Jehová”. Entre ambas frases hay enemigos, guerra, angustia, oración y hasta la posibilidad del abandono. Pero Dios permanece. Porque al final, no se trata de vivir sin miedo, sino de saber qué hacer cuando el miedo llega. No se trata de que nunca nos fallen las personas que amamos, sino de recordar que hay Alguien que jamás nos abandonará. Cuando todo parezca oscuro, podremos repetir como David: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?”.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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