“Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti” (Salmo 39:7).
martes, 15 de septiembre de 2026
Y AHORA, SEÑOR, ¿QUÉ ESPERARÉ? — SALMO 39
El Salmo 39 nace en un momento de profunda reflexión. David contempla la brevedad de la vida, la fragilidad humana y lo pasajero de todo aquello que solemos considerar importante. Habla de nuestros días como una medida pequeña y de la vida como algo que pasa rápidamente.
No es un salmo pesimista. Es un salmo realista. David entiende que nuestras fuerzas son limitadas, que el tiempo corre y que nada terrenal permanece para siempre. Y precisamente por eso formula una de las preguntas más importantes que puede hacerse una persona: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?”. La respuesta es clara: “Mi esperanza está en ti”. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO TODO ES PASAJERO, NUESTRA ESPERANZA DEBE ESTAR EN ALGUIEN ETERNO. “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti” (v. 7). David ha comprendido que la vida es demasiado breve para colocar la esperanza definitiva en cosas que también pasan. El dinero cambia. La salud cambia. Las posiciones cambian. Las personas cambian. Nuestro propio cuerpo cambia. Pero Dios permanece. Por eso la brevedad de la vida no debería llevarnos a la desesperación, sino a reordenar nuestras prioridades. Si el tiempo es corto, debemos vivir con propósito. Si todo pasa, debemos invertir nuestra vida en aquello que tiene valor eterno. Moisés expresó una idea semejante: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:12). Valorar la vida comienza cuando comprendemos que no tenemos tiempo que desperdiciar.
2. NUESTRA LIMITACIÓN NO ES UNA RAZÓN PARA HUIR DE DIOS, SINO PARA BUSCARLO. David continúa: “Líbrame de todas mis transgresiones” (v.
. Cuando David contempla lo frágil que es la vida, no piensa solamente en cuánto tiempo le queda; piensa también en cómo está viviendo delante de Dios. La conciencia de nuestra mortalidad debería hacernos más sinceros espiritualmente. Si la vida es breve, no vale la pena vivir cargando pecados no confesados, resentimientos innecesarios o una relación distante con Dios. Aquí aparece una verdad preciosa: la situación extrema del hombre puede convertirse en la oportunidad de Dios. Cuando nuestras fuerzas se acaban, descubrimos cuánto necesitamos de Él. Pablo lo expresó de otra manera: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10). No porque la debilidad sea buena en sí misma, sino porque puede enseñarnos a depender de la gracia de Dios.
3. AUN SI SOMOS PEREGRINOS, DIOS SIGUE ESCUCHANDO NUESTRA ORACIÓN. David termina diciendo: “Oye mi oración, oh Jehová, y escucha mi clamor… porque forastero soy para ti, y advenedizo, como todos mis padres” (v. 12). David reconoce que está de paso. Es rey, tiene una casa, una familia y una historia, pero sabe que en este mundo somos peregrinos. Abraham entendió lo mismo. Hebreos 11 dice que los patriarcas se confesaban extranjeros y peregrinos porque esperaban una patria mejor. Esta vida no es el destino final. Y precisamente porque somos peregrinos, nuestra seguridad no está en cuánto logramos acumular durante el viaje, sino en quién camina con nosotros mientras viajamos. Por eso David puede clamar: “Escúchame”. Nuestra fragilidad no nos aleja de Dios. Al contrario, nos recuerda que necesitamos su presencia.
El Salmo 39 comienza contemplando lo breve de la existencia y termina dirigiendo nuevamente la mirada hacia Dios. David descubre que cuando todo parece frágil, todavía existe una roca firme sobre la cual apoyar la esperanza. Porque al final, no se trata de cuánto tiempo viviremos, sino de para quién vivimos el tiempo que tenemos. No se trata de negar nuestras limitaciones, sino de permitir que ellas nos lleven a buscar a Dios. Y cuando todo lo demás pase, podremos seguir diciendo con David: “Señor, mi esperanza está en ti”.
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Pr. Heyssen Cordero Maraví
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EL PECADO ROBA LA PAZ — SALMO 38
“Porque yo estoy a punto de caer, y mi dolor está delante de mí continuamente. Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado” (Salmo 38:17-18).
El Salmo 38 es uno de los salmos penitenciales de David. Aquí no encontramos al rey celebrando una victoria, sino a un hombre quebrantado por la culpa, el sufrimiento y la conciencia de haber pecado. David describe dolor físico, angustia interior, soledad, enemigos y, sobre todo, una profunda necesidad de Dios.
Debemos hacer una precisión importante: la Biblia no enseña que toda enfermedad sea consecuencia directa de un pecado personal. Job y Juan 9 lo dejan claro. Sin embargo, también enseña que el pecado sí puede producir consecuencias físicas, emocionales, relacionales y espirituales. En este salmo, David entiende que su propia situación está relacionada con su pecado. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. EL PECADO PROMETE PLACER, PERO TERMINA ROBANDO LA PAZ. David dice: “Nada hay sano en mi carne… ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado” (v. 3). El pecado nunca viene anunciando sus consecuencias. Se presenta como una oportunidad, un placer o una solución rápida; pero después puede dejar culpa, ansiedad, temor y una conciencia perturbada. David describe su carga diciendo: “Mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí” (v. 4). El pecado que parecía ligero termina convirtiéndose en un peso insoportable. Por eso la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en vivir con una conciencia limpia delante de Dios.
2. NO TODA ACUSACIÓN MERECE UNA RESPUESTA. En medio de su sufrimiento aparecen también sus enemigos. David dice: “Mas yo, como si fuera sordo, no oigo; y soy como mudo que no abre la boca” (v. 13). Había acusaciones y palabras contra él, pero decidió no responder a todo. Esta es una lección difícil. Muchas veces creemos que debemos defendernos de cada comentario, corregir cada mentira y responder cada ofensa. David aprende que hay momentos cuando el silencio es una expresión de confianza en Dios. Jesús haría algo semejante ante algunas de las acusaciones de sus enemigos: “Mas Jesús callaba” (Mateo 26:63). No todo silencio es debilidad. A veces callamos porque hemos decidido dejar nuestra reputación en las manos de Dios.
3. LA CONFESIÓN ES EL COMIENZO DE LA RESTAURACIÓN. David finalmente dice: “Confesaré mi maldad; y me contristaré por mi pecado” (v. 18). Aquí comienza el cambio. Mientras justificamos nuestro pecado, difícilmente podremos ser restaurados. Mientras culpamos a otros, seguimos atrapados. Pero cuando podemos decir sinceramente: “Señor, esto estuvo mal”, la gracia comienza a trabajar de una manera especial en nosotros. Confesar no significa simplemente sentir remordimiento. Significa reconocer el pecado como Dios lo ve y volvernos hacia Él. Por eso David termina orando: “No me desampares, oh Jehová… apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación” (vv. 21-22). Después de hablar de su pecado, sus enfermedades, sus enemigos y su angustia, termina mirando nuevamente hacia Dios. Porque la culpa puede mostrarnos nuestro pecado, pero solamente la gracia puede sacarnos de él.
El Salmo 38 nos recuerda que el pecado nunca es inofensivo. Puede afectar nuestra paz, nuestras relaciones y nuestra comunión con Dios. Pero tampoco debemos olvidar la otra parte de la historia: ningún pecado confesado sinceramente está fuera del alcance de la misericordia divina. Porque al final, no se trata de fingir que nunca hemos fallado, sino de aprender qué hacer cuando hemos fallado. El pecado roba la paz, la culpa pesa sobre el corazón y las acusaciones pueden rodearnos; pero cuando confesamos, callamos ante aquello que no necesitamos responder y volvemos nuestra mirada hacia Dios, comienza el camino de la restauración. Un pecado confesado puede convertirse en el inicio de un corazón transformado.
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Pr. Heyssen Cordero Maraví
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EL PROVERBIO DE DAVID - SALMO 37
“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Salmo 37:25).
El Salmo 37 tiene un sabor diferente. David no está principalmente hablando con Dios, sino aconsejando al ser humano acerca de Dios. Además, es un salmo acróstico: sus secciones siguen progresivamente el alfabeto hebreo, como una enseñanza diseñada para ser recordada.
Y hay una frase que nos permite escuchar a David desde una perspectiva especial: “Joven fui, y he envejecido” (v. 25). Estamos escuchando las reflexiones de un hombre que mira hacia atrás después de haber conocido palacios y cuevas, victorias y derrotas, amigos y enemigos, abundancia y necesidad. Es casi como un padre o abuelo diciendo a los jóvenes: “Después de todo lo que he vivido, hay cosas acerca de Dios que quisiera que nunca olviden”.Y entre tantos consejos, cuatro versículos pueden resumir buena parte de su experiencia:
1. APRENDE A ENCONTRAR TU FELICIDAD EN DIOS (v. 4): “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón”. David había tenido poder, riquezas y reconocimiento, pero al final comprendió que ninguna de esas cosas podía ocupar el lugar de Dios. “Deleitarse” en Jehová significa encontrar en Él nuestro gozo, satisfacción y mayor bien. El texto no promete que Dios cumplirá caprichosamente todos nuestros deseos. Ocurre algo más profundo: cuando Dios se convierte en nuestro deleite, también comienza a transformar nuestros deseos. El joven pregunta muchas veces: “¿Cómo puedo conseguir lo que quiero?”. El anciano David responde: “Primero aprende a querer a Dios”.
2. CUANDO NO SEPAS QUÉ HACER CON TU FUTURO, ENTRÉGASELO A DIOS (v. 5): “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará”. David había aprendido que no podía controlar todos los acontecimientos de su vida. Fue ungido rey, pero pasó años huyendo antes de ocupar el trono. El verbo hebreo traducido como “encomienda” tiene literalmente la idea de hacer rodar algo sobre otro. Es una imagen hermosa: aquello que pesa sobre nuestros hombros podemos hacerlo descansar sobre Dios. Esto no significa dejar de trabajar, planificar o tomar decisiones. Significa hacer todo eso diciendo: “Señor, el resultado finalmente está en tus manos”.
3. APRENDE PRONTO QUE TENER MENOS CON DIOS ES TENER MÁS (v. 16). “Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores”. Esta es una lección que generalmente aprendemos tarde. El mundo enseña que una buena vida depende de cuánto acumulamos. David, que conoció tanto la escasez como la riqueza de un reino, afirma: “Mejor es lo poco…” Hay cosas que el dinero puede comprar y otras que jamás podrá proporcionar: una conciencia limpia, una familia unida, paz en el corazón, un propósito para vivir y esperanza frente a la muerte. No midas la bendición de Dios solamente por cuánto tienes, sino por quién eres y con quién caminas.
4. DESPUÉS DE TODA UNA VIDA, PUEDO DECIRTE: DIOS ES FIEL (v. 25). Entonces llega el testimonio personal: “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado…” No debemos convertir este proverbio en una promesa de que ningún creyente sufrirá pobreza o necesidad. El propio David pasó momentos difíciles. Es una observación sapiencial sobre la fidelidad providencial de Dios. David está diciendo: “He vivido suficiente para comprobarlo: Dios no abandona a quienes confían en Él”. Qué hermoso sería escuchar estas palabras de un anciano David. El joven que enfrentó a Goliat, el fugitivo que habitó cuevas, el rey que cometió errores y encontró perdón, ahora mira hacia atrás y dice: “Si pudiera volver a comenzar, volvería a confiar en Dios”.
Quizá por eso estos versículos pueden acompañarnos durante toda la vida: deléitate, encomienda, aprende a vivir con lo necesario y confía. Son palabras sencillas, pero nacieron de muchos años caminando con Dios. Porque al final, no se trata solamente de llegar a viejos, sino de llegar a viejos habiendo aprendido quién es Dios. David podía mirar toda su historia y decir: “Joven fui, y he envejecido”, y después de victorias, fracasos, lágrimas y alegrías, una verdad permanecía intacta: Dios había sido fiel. Y el Dios que sostuvo a David durante toda una vida puede sostener también la nuestra.
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Pr. Heyssen Cordero Maraví
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¿QUÉ SIGNIFICA SER SIERVO DE DIOS? — SALMO 36
“Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes” (Salmo 36:5).
El título del Salmo 36 presenta a David de una manera interesante: “David, siervo de Jehová”. La misma expresión aparece en el encabezado del Salmo 18, aunque no podemos asegurar que el Salmo 36 pertenezca a su juventud. Lo hermoso es que David, siendo rey, guerrero y líder de Israel, acepta un título mucho más importante: siervo de Jehová.
¿Qué es un siervo de Dios? En el Antiguo Testamento, ‘ébed YHWH —“siervo de Jehová”— puede ser un título de honor para quienes pertenecen a Dios y viven para cumplir su voluntad; se aplica, por ejemplo, a Moisés (Deuteronomio 34:5). Ser siervo no significa simplemente realizar actividades religiosas. Significa reconocer: “Mi vida no me pertenece completamente; pertenezco a Dios y quiero vivir según su voluntad”. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. EL SIERVO DE DIOS NO PERMITE QUE EL PECADO GOBIERNE SU CORAZÓN. David comienza describiendo al impío: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (v. 1). Luego muestra un proceso preocupante: se engaña a sí mismo, sus palabras son maldad y engaño y finalmente “medita maldad sobre su cama” (vv. 2-4). La cama debería ser lugar de descanso; para este hombre se convierte en lugar de planificación del pecado. El problema comienza mucho antes de realizar una mala acción. Comienza cuando dejamos de temer a Dios y permitimos que pensamientos equivocados permanezcan en nuestro corazón. El siervo de Dios también es pecador y necesita gracia, pero existe una diferencia fundamental: no hace las paces con el pecado. Cuando Dios lo confronta, desea arrepentirse y volver a Él.
2. FRENTE A LA MALDAD HUMANA, LA MISERICORDIA DE DIOS ES INMENSAMENTE MAYOR. De pronto, el salmo cambia completamente: “Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes” (v. 5). David acaba de mirar hacia abajo y contemplar hasta dónde puede descender el pecado humano; ahora levanta los ojos y contempla hasta dónde llega la misericordia divina. Habla de misericordia, fidelidad, justicia y juicios. Y exclama: “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia!” (v. 7). La palabra hebrea hesed, traducida aquí como misericordia, comunica el amor fiel y comprometido de Dios. Nuestra maldad puede ser profunda, pero la gracia de Dios es más grande. Por eso los seres humanos pueden refugiarse “bajo la sombra de tus alas” (v. 7). El siervo de Dios no confía en su propia perfección; se refugia en la misericordia de su Señor.
3. EL SIERVO NECESITA PERMANECER CERCA DE LA FUENTE. David dice: “Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” (v. 9). Dios no solamente da vida; Él es la fuente de la vida. Por eso alejarnos de Dios creyendo que encontraremos mayor libertad es como alejarnos del manantial esperando encontrar más agua. Jesús llevará esta verdad a su máxima expresión: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12) y “Yo he venido para que tengan vida” (Juan 10:10). David termina pidiendo que el orgullo de los malos no lo alcance (vv. 10-12). Ser “siervo de Jehová” no lo hacía invulnerable. Precisamente porque era siervo, sabía cuánto necesitaba diariamente la protección y la misericordia de su Señor.
Quizá ese sea el gran contraste del Salmo 36. El impío vive como si Dios no existiera y termina sirviendo al pecado; David reconoce que Dios existe, se refugia bajo sus alas y decide llamarse siervo de Jehová. Porque al final, no se trata de ser conocidos como reyes, profesionales, líderes o personas importantes, sino de saber a quién pertenece nuestra vida. David tuvo muchos títulos, pero uno resumía su verdadera identidad: “siervo de Jehová”. Y no existe mayor libertad que entregar nuestra vida al Dios cuya misericordia llega hasta los cielos, cuya luz ilumina nuestro camino y en quien está el manantial de la vida.
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¿HASTA CUÁNDO, SEÑOR? — SALMO 35
“Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones” (Salmo 35:17).
Cuando uno lee la historia de David surge inevitablemente una pregunta: ¿cuántos enemigos tuvo este hombre? No podemos establecer un número exacto, pero entre los principales estuvieron Saúl y quienes lo perseguían con él; los filisteos y otros pueblos enemigos de Israel; Absalón y los que apoyaron su rebelión; Ahitofel, su antiguo consejero; Simei, que lo maldijo durante su huida; además de adversarios y traidores que los relatos no siempre identifican individualmente.
El Salmo 35 parece pertenecer a uno de esos períodos de persecución, aunque no sabemos exactamente cuál. Lo doloroso es que David afirma que algunos le devolvían mal por bien: “Me devuelven mal por bien” (v. 12). Incluso había orado y ayunado cuando ellos enfermaban (vv. 13-14). Ahora esas mismas personas celebraban su desgracia. Por eso llega a preguntar: “Señor, ¿hasta cuándo verás esto?”. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. TENER ENEMIGOS ES PARTE DE VIVIR EN UN MUNDO EN CONFLICTO. David tuvo enemigos externos, internos y hasta dentro de su propia familia. En ese sentido, su experiencia puede convertirse en un pequeño retrato de nuestra propia existencia. Nuestros “enemigos” no siempre serán personas. Luchamos contra la enfermedad, la tentación, el desánimo, las injusticias, nuestros propios temores y, detrás del gran conflicto espiritual, contra “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12). Jesús tampoco prometió una existencia sin oposición. Dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). La presencia de enemigos no significa la ausencia de Dios.
2. A VECES DIOS PARECE ESTAR MIRANDO SIN HACER NADA. Esta quizá sea la frase más impactante del salmo: “Señor, ¿hasta cuándo verás esto?” (v. 17). David sabe que Dios está viendo. Su problema es que no entiende por qué, si Dios lo ve, todavía no interviene. ¿Nunca hemos sentido algo semejante? “Señor, estás viendo mi dolor. ¿Por qué no haces algo?”. Esta pregunta aparecerá nuevamente en los profetas y hasta en Apocalipsis: “¿Hasta cuándo, Señor…?” (Apocalipsis 6:10). Pero el silencio de Dios nunca debe confundirse con indiferencia. Que Dios todavía no haya actuado como esperamos no significa que haya dejado de actuar. La cruz es la mayor demostración. Durante algunas horas pareció que los enemigos de Jesús habían vencido. Cristo murió y fue colocado en una tumba. Pero aquello que parecía la victoria del enemigo estaba siendo utilizado por Dios para producir la mayor victoria de la historia.
3. CUANDO NO PUEDAS HACER JUSTICIA, DEJA TU CAUSA EN LAS MANOS DE DIOS. El salmo comienza: “Disputa, oh Jehová, con los que contra mí contienden; pelea contra los que me combaten” (v. 1). David desea justicia y utiliza expresiones muy fuertes contra sus enemigos. No debemos leerlas como autorización para la venganza personal. Precisamente lo significativo es que David lleva su indignación delante de Dios. En vez de convertirse él mismo en juez definitivo, entrega su causa al Juez. Lo había demostrado cuando tuvo oportunidades de matar a Saúl y se negó a hacerlo (1 Samuel 24; 26). Por eso el salmo no termina con David vengándose, sino adorando: “Mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día” (v. 28).
Hay batallas que tendremos que enfrentar y otras que tendremos que colocar completamente en las manos de Dios. Y llegará el día cuando la pregunta “¿hasta cuándo?” recibirá su respuesta definitiva. Apocalipsis anuncia que Dios hará justicia y finalmente eliminará el pecado, el dolor y la muerte (Apocalipsis 21:4). Porque al final, no se trata de vivir sin enemigos ni de ganar personalmente cada batalla, sino de saber en manos de quién dejamos nuestra causa. Puede parecer que Dios guarda silencio y que el mal está venciendo, pero el Salmo 35 nos recuerda que Dios ve, Dios conoce y, a su tiempo, Dios actuará. Nuestra tarea es permanecer fieles mientras esperamos su justicia.
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EL REFUGIO QUE NUNCA FALLA — SALMO 34
“Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmo 34:4).
El título del Salmo 34 nos lleva a uno de los momentos más difíciles de David. Perseguido por Saúl, huyó hacia territorio filisteo buscando refugio en Gat. Allí fue reconocido y, sintiéndose nuevamente en peligro, fingió estar loco para poder escapar (1 Samuel 21:10-15). Después llegó a la cueva de Adulam (1 Samuel 22:1).
Y algo extraordinario ocurrió allí. A David comenzaron a reunirse hombres “afligidos… endeudados… y amargados de espíritu” (1 Samuel 22:2). Eran unos cuatrocientos hombres quebrantados por la vida, pero muchos llegarían a convertirse en los valientes de David. Es muy posible leer el Salmo 34 a la luz de aquella etapa: un fugitivo enseñando a otros fugitivos dónde encontrar verdadero refugio. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. CUANDO FALLAN LOS REFUGIOS HUMANOS, DIOS SIGUE SIENDO SEGURO. David había buscado seguridad entre los filisteos, pero aquel refugio también fracasó. Entonces pudo decir: “Busqué a Jehová, y él me oyó” (v. 4). A veces Dios permite que descubramos las limitaciones de nuestros refugios humanos. El dinero puede acabarse, las personas pueden decepcionarnos y nuestras propias capacidades pueden resultar insuficientes. Pero David descubrió algo: cuando ya no sabía dónde correr, todavía podía correr hacia Dios. Por eso declara: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (v. 7). David estaba viviendo en una cueva, pero espiritualmente estaba rodeado por la protección de Dios.
2. LA BONDAD DE DIOS NO SOLO SE CONOCE; SE EXPERIMENTA. David invita: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (v.
. No dice solamente: “Escuchen que Dios es bueno”. Dice: “Gustad y ved”. Hay cosas acerca de Dios que conocemos intelectualmente, pero otras que solamente comprendemos cuando las experimentamos. David podía hablar de la bondad de Dios porque había sido perseguido y Dios lo había sostenido; había sentido miedo y Dios lo había librado. Por eso nuestra fe no puede depender únicamente de lo que otros nos cuentan acerca de Dios. Necesitamos aprender a buscarlo, confiar en Él y experimentar personalmente su fidelidad.
3. ESTAR CERCA DE DIOS NO SIGNIFICA ESTAR LEJOS DE LOS PROBLEMAS. Una de las declaraciones más realistas del salmo dice: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová” (v. 19). David no promete una vida sin dificultades. Él mismo era prueba de ello. Pero añade una verdad preciosa: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” (v. 18). Quizás aquellos hombres que llegaron a Adulam necesitaban precisamente escuchar eso. Estaban afligidos, endeudados y amargados, pero Dios podía tomar hombres quebrantados y comenzar a reconstruir sus vidas.
Por eso David comienza el salmo diciendo: “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (v. 1). No estaba alabando desde un palacio, sino desde una etapa de persecución. Había descubierto que la bondad de Dios no depende del lugar donde nos encontremos. Porque al final, no se trata de encontrar una vida donde nadie pueda perseguirnos, herirnos o causarnos problemas, sino de encontrar un refugio que nadie pueda quitarnos. David perdió el palacio, huyó de Saúl, escapó de los filisteos y terminó en una cueva; pero allí descubrió que seguía teniendo lo más importante: a Dios. No hay lugar más seguro que estar en sus manos.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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