“Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas” (Salmo 17:8).
No podemos determinar con seguridad el episodio histórico específico de este salmo, aunque el lenguaje encaja muy bien con los años en que David era perseguido y rodeado por enemigos, particularmente durante la persecución de Saúl (cf. 1 Samuel 23–26). David conoce lo que significa dormir sabiendo que alguien quiere matarlo. Sus enemigos son descritos como un león acechando a su presa (Salmo 17:9-12). Sin embargo, David no responde convirtiéndose en otro Saúl. De hecho, cuando tuvo la oportunidad de matarlo, se negó a hacerlo (1 Samuel 24; 26). Su defensa no sería la venganza, sino Dios.
El movimiento del salmo es hermoso: David comienza pidiendo “Oye… escucha” (v. 1), después pide “Guárdame” (v. 8 y termina diciendo “veré tu rostro” (v. 15). Es decir, comienza rodeado de enemigos y termina contemplando a Dios. Allí encontramos el secreto de esta oración: la mayor seguridad del creyente no consiste en que desaparezcan inmediatamente sus enemigos, sino en saber que permanece bajo la mirada y el cuidado del Señor. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. Antes de pedir que Dios examine a nuestros enemigos, debemos permitir que examine nuestro corazón (v. 3). Es significativo. Antes de pedir justicia contra quienes lo persiguen, permite que Dios lo juzgue a él. No está afirmando que sea impecable. Está diciendo que su causa es justa y que no está viviendo deliberadamente aquello de lo que sus enemigos lo acusan Él dice: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón”. Y añade algo fundamental: “Por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos” (v. 4). La Palabra de Dios había impedido que David terminara pareciéndose a quienes lo perseguían. Una conciencia limpia puede esperar tranquilamente el juicio de Dios.
2. Ser la “niña de sus ojos” significa vivir bajo el cuidado especial de Dios. La expresión hebrea de Salmo 17:8 alude literalmente a la pupila del ojo, una de las partes más delicadas y protegidas del cuerpo. Instintivamente cerramos los párpados cuando algo amenaza nuestros ojos. David toma esa imagen y ora: “Guárdame así”. Esta expresión reaparece en Deuteronomio 32:10, donde Dios encuentra a Israel en el desierto y lo guarda “como a la niña de su ojo”. Y la segunda imagen del versículo —“bajo la sombra de tus alas”— recorre los Salmos como símbolo del refugio divino (Salmos 36:7; 57:1; 61:4; 91:4). Esto no significa que al creyente nunca le sucederá nada malo. David estaba siendo perseguido mientras pronunciaba estas palabras. Significa algo mucho más profundo: nada puede tocarnos sin que primero pase por el conocimiento y la soberanía de Dios.
3. Nuestra esperanza final no es solamente ser librados del enemigo, sino contemplar a Dios. El contraste de los últimos versículos es extraordinario. David describe a sus enemigos como “hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida” (v. 14). Tienen bienes, familia, abundancia y prosperidad. Parecen tenerlo todo. Entonces David responde: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (v. 15). Esta esperanza encuentra su plenitud en el Nuevo Testamento. Jesús prometió: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Juan añade que, cuando Cristo se manifieste, “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Y Apocalipsis culmina la historia de la redención diciendo que los salvados “verán su rostro” (Apocalipsis 22:4).
David termina el Salmo 17 mirando hacia donde termina toda la Biblia: el pueblo redimido contemplando finalmente el rostro de Dios. Tal vez hoy te sientas rodeado. Quizás alguien te acusa injustamente, habla contra ti o intenta hacerte daño. David nos enseña que no necesitamos convertirnos en aquello contra lo cual luchamos. Podemos entregar nuestra causa al Juez justo y decir: “Señor, examíname, susténtame, guárdame y defiéndeme”. Porque al final, no se trata simplemente de que Dios nos libre de quienes nos persiguen, sino de permanecer fieles mientras atravesamos la prueba. Nuestra mayor esperanza no es que desaparezcan todos nuestros enemigos, sino que llegue aquel día cuando despertemos para no volver a sufrir jamás y contemplemos cara a cara a nuestro Salvador. Hasta entonces podemos descansar bajo sus alas, porque para Dios seguimos siendo como la niña de sus ojos.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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