“En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad” (Salmo 31:5).
El Salmo 31 es una oración de David en medio de la angustia. Está rodeado de enemigos, siente temor, experimenta rechazo y hasta dice: “He sido olvidado de su corazón como un muerto” (v. 12). Sin embargo, en medio de esa crisis encuentra palabras para seguir confiando en Dios.
Y hay un detalle extraordinario: las palabras de este salmo reaparecen una y otra vez en la Biblia. El comienzo del Salmo 71 retoma expresiones de Salmo 31:1-3; Jonás 2 contiene ecos del lenguaje de los salmos de lamento y liberación; Jeremías emplea la expresión “terror por todas partes” de Salmo 31:13 (Jeremías 6:25; 20:10; 46:5; 49:29); y Pablo parece recoger el espíritu de Salmo 31:24 cuando exhorta a los creyentes a cobrar ánimo (1 Corintios 16:13). Pero la conexión más impresionante ocurre en el Calvario: Jesús muere con las palabras de este salmo en sus labios. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. LA BIBLIA NO FUE DADA SOLAMENTE PARA SER LEÍDA, SINO PARA SER VIVIDA. David escribió: “En tu mano encomiendo mi espíritu” (v. 5). Muchos siglos después, mientras estaba en la cruz, Jesús exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Jesús añade una palabra preciosa: “Padre”. En el momento de su muerte, las palabras de la Escritura se convierten en su propia oración. Esto nos enseña algo fundamental: la Biblia no es solamente información acerca de Dios; nos proporciona palabras para hablar con Dios. Cuando no sepamos cómo orar, podemos convertir las promesas de las Escrituras en nuestras propias oraciones.
2. LO QUE GUARDAMOS EN EL CORAZÓN APARECE CUANDO LLEGA LA CRISIS. Resulta significativo que en uno de los momentos más dolorosos de su vida terrenal, de los labios de Jesús brotara la Escritura. No solamente ocurrió en la cruz. Cuando Satanás lo tentó en el desierto, Jesús respondió tres veces: “Escrito está” (Mateo 4:4, 7, 10). Aquí encontramos una poderosa razón para memorizar la Biblia. En la hora de la tentación, del miedo, del desánimo o del dolor, necesitamos tener almacenadas en nuestra mente palabras que nos recuerden quién es Dios. Podemos repetir: “Jehová es mi pastor” cuando sentimos necesidad; “¿de quién temeré?” cuando aparece el miedo; o “En tus manos están mis tiempos” cuando el futuro parece incierto (Salmos 23:1; 27:1; 31:15). La Palabra memorizada se convierte en un arsenal espiritual para las batallas de la vida.
3. LA PALABRA NOS ENSEÑA A CONFIAR CUANDO NO PODEMOS CONTROLAR. David dice: “Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos” (vv. 14-15). David no sabe qué harán sus enemigos ni cómo terminará su problema, pero sabe en manos de quién está su vida. Jesús lleva esa confianza hasta el Calvario. Y Esteban, siguiendo a su Maestro, también ora mientras muere: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hechos 7:59). La Escritura había pasado de David a Jesús y de Jesús a sus discípulos. La Palabra que sostuvo a los creyentes ayer puede sostenernos también hoy.
Por eso David termina: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón” (v. 24). Quizá esta sea una invitación práctica del Salmo 31: no solamente leamos la Biblia; guardémosla en el corazón. Memoriza promesas. Repítelas cuando tengas miedo. Óralas cuando no encuentres palabras. Úsalas cuando llegue la tentación. Permite que la voz de Dios sea más fuerte que las voces que intentan desanimarte. Porque al final, no se trata solamente de cuántos capítulos de la Biblia hemos leído, sino de cuánto de la Palabra hemos permitido que habite en nosotros. Llegarán momentos cuando no tendremos una Biblia abierta delante de nuestros ojos; entonces necesitaremos tenerla abierta en nuestro corazón. Jesús lo hizo en la tentación y hasta en la cruz. Hagámoslo también nosotros: frente a cada batalla, que nuestra esperanza pueda responder: “Escrito está”.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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