martes, 15 de septiembre de 2026

EL SUFRIMIENTO PUEDE HACERNOS SENTIR QUE DIOS NOS HA ABANDONADO - SALMO 22



“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1).

Pocas expresiones describen mejor la angustia humana que las palabras con las que comienza este salmo. David, un hombre de profunda fe, llega a sentirse abandonado por Dios. No conocemos con certeza qué episodio de su vida originó el Salmo 22; el encabezado solamente lo atribuye a David. Pero sí sabemos que conoció persecución, traición, soledad y peligro de muerte.
¿Puede un hombre de fe sentirse abandonado por Dios? Sí. Sentirse abandonado no significa necesariamente haber perdido la fe. Hay momentos en los que el dolor afecta nuestra percepción de la presencia divina. Precisamente por eso David comienza diciendo: “Dios mío, Dios mío”. Aunque siente que Dios está lejos, todavía lo llama “mi Dios”. Su corazón está angustiado, pero su fe continúa aferrada al Señor. Y siglos después, desde una cruz en el Calvario, Jesús pronunciaría exactamente las palabras con las que comienza este salmo. A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. PODEMOS SENTIR QUE DIOS ESTÁ LEJOS, AUNQUE ÉL SIGA ESTANDO CERCA. David pregunta: “¿Por qué estás tan lejos de mi salvación?” (v. 1). Ora de día y de noche y aparentemente no recibe respuesta (v. 2). Quizá alguna vez hemos experimentado algo parecido. Oramos y nada cambia. Pedimos sanidad y la enfermedad continúa. Rogamos por una solución y el problema parece agravarse. Entonces nuestros sentimientos comienzan a decirnos: “Dios me abandonó”. Pero David hace algo extraordinario. En medio de su angustia comienza a recordar: “En ti esperaron nuestros padres… clamaron a ti, y fueron librados” (vv. 4-5). La fe no niega lo que sentimos. La fe impide que nuestros sentimientos tengan la última palabra.
2. EL SALMO DE DAVID NOS CONDUCE DIRECTAMENTE A LA CRUZ DE CRISTO. El Salmo 22 resulta impresionante cuando lo leemos junto a los Evangelios. Jesús clamó: “Eli, Eli, ¿lama sabactani?”, es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46; cf. Marcos 15:34), citando directamente el comienzo del salmo. Pero las conexiones continúan. El salmo describe a personas burlándose y meneando la cabeza (vv. 7-8), precisamente como ocurrió alrededor de la cruz (Mateo 27:39-43). Describe el sufrimiento físico extremo y menciona manos y pies en el v. 16 —aunque aquí existe una conocida variante textual hebrea—. Finalmente declara: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (v. 18), hecho que Juan relaciona explícitamente con lo ocurrido durante la crucifixión (Juan 19:23-24). David estaba describiendo su sufrimiento, pero el Espíritu inspiró un salmo cuyo lenguaje alcanzaría una dimensión extraordinaria en el Hijo de David sufriendo en el Calvario. Y aquí encontramos nuestra mayor esperanza: Jesús comprende al que sufre porque Él mismo sufrió.
3. EL SALMO COMIENZA CON UN “¿POR QUÉ?” Y TERMINA CON ADORACIÓN. Aquí está uno de los detalles más hermosos del Salmo 22. Si solamente leemos los primeros versículos, parece un salmo de desesperación. Pero aproximadamente desde el versículo 22, el tono cambia radicalmente. David comienza a alabar. Y declara algo fundamental acerca de Dios: “No menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (v. 24). ¡El hombre que comenzó diciendo “¿Por qué me has desamparado?” termina reconociendo que Dios no escondió su rostro!
Esa también es la historia del Calvario. El viernes parecía que todo había terminado. Cristo estaba en la tumba. Sus discípulos estaban destruidos. Pero el domingo demostraría que el silencio de Dios nunca significó que Dios había perdido el control. Tal vez hoy estás atravesando tu propio Salmo 22. Puedes sentir que Dios está lejos y preguntarte por qué permite determinadas cosas. No tengas miedo de expresárselo. David lo hizo. Jesús mismo utilizó las palabras de este salmo en la cruz. El Salmo 22 comienza con un grito de desamparo, pero termina en adoración. Y esa es nuestra esperanza: la angustia no tendrá la última palabra; Dios sí.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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