“Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu santo monte?” (Salmo 15:1).
El Salmo 15, atribuido a David, comienza con dos preguntas que probablemente surgieron de una profunda reflexión sobre la presencia de Dios. Aunque no podemos afirmar con certeza cuándo fue escrito, algunos lo relacionan con el traslado del arca del pacto a Jerusalén (2 Samuel 6). Después de la muerte de Uza, David comprendió que las cosas sagradas debían hacerse conforme a las instrucciones de Dios. El salmo, sin embargo, va mucho más allá de aquella experiencia: plantea una pregunta que sigue siendo fundamental para todo ser humano: ¿quién puede vivir en la presencia de Dios? A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. Dios no busca solamente adoradores, sino personas transformadas. David pregunta quién puede habitar en el tabernáculo y morar en el santo monte. El tabernáculo representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo (Éxodo 25:8). La pregunta no se refiere simplemente a quién podía entrar físicamente en el santuario, pues el acceso a sus diferentes espacios estaba regulado por Dios. La preocupación de David es más profunda: ¿qué clase de persona puede vivir en comunión con un Dios santo? La respuesta es sorprendente: “El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón” (v. 2). Luego describe una vida caracterizada por el dominio de la lengua, el respeto al prójimo, el rechazo de la maldad, la fidelidad a la palabra dada y la integridad aun cuando hacerlo tenga un costo (vv. 3-5). La adoración verdadera nunca está separada del carácter.
2. El santuario terrenal señala hacia una realidad mayor. Como adventistas entendemos que el santuario terrenal era una “figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8:5). El Nuevo Testamento dirige nuestra mirada hacia Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, quien ministra en el santuario celestial (Hebreos 8:1-2; 9:24). Por eso, la pregunta de David adquiere una dimensión mayor: ¿quién podrá finalmente morar para siempre con Dios? La respuesta no puede ser que alguien alcance la presencia de Dios por sus propios méritos. El mismo sistema del santuario enseñaba que el pecador necesitaba un sacrificio. Y el evangelio nos revela que nuestra entrada a la presencia de Dios es posible por medio de Cristo. “Acerquémonos, pues, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22). La vida descrita en Salmo 15 no es una escalera para ganar la salvación; es el fruto de una vida que ha sido alcanzada y transformada por la gracia de Dios.
3. La pregunta de David encuentra su respuesta definitiva en Apocalipsis. Hay una conexión extraordinaria entre Salmo 15 y Apocalipsis 21. David pregunta: “¿Quién morará en tu santo monte?”. Siglos después, Juan contempla la Nueva Jerusalén y escucha una declaración maravillosa: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos” (Apocalipsis 21:3). En Salmo 15 tenemos la pregunta: ¿quién puede morar con Dios? En Apocalipsis tenemos la consumación de la promesa: Dios mismo morará para siempre con sus hijos. Apocalipsis 21:7 declara: «El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo». Y los versículos 8 y 22:15 presentan el contraste: quienes persisten en el pecado quedan fuera de la ciudad santa. Aquí encontramos una verdad solemne: Dios está preparando un pueblo para vivir eternamente en su presencia. No solamente quiere que lo visitemos ocasionalmente; quiere que su presencia sea nuestra morada eterna.
Pero ¿cómo puede un pecador estar delante de un Dios santo? La respuesta es Cristo. Él es nuestro Sacerdote, nuestro Sacrificio y nuestro Mediador. Por medio de Él podemos acercarnos al Padre y, por medio de su gracia, permitir que nuestro carácter sea transformado.
El Salmo termina con una hermosa promesa: “El que hace estas cosas, no resbalará jamás” (Salmo 15:5). Quizá aquí encontramos una conexión que no debemos pasar por alto. David había visto a Uza morir cuando el arca era trasladada de manera incorrecta (2 Samuel 6:6-7). Pero ahora declara que quien camina con Dios no vivirá una vida de inestabilidad espiritual. La presencia de Dios no solamente determina nuestro destino; también transforma nuestro camino.
Hoy la pregunta de David sigue resonando: «Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?» La respuesta nos lleva a Cristo. No podemos alcanzar la presencia de Dios por nuestros méritos, pero podemos acercarnos por la sangre de Jesús. Y cuando Cristo habita en nosotros, comienza a formar en nosotros el carácter de aquellos que un día habitarán para siempre con Él. Dios no quiere que simplemente visites su presencia; quiere que vivas con Él para siempre.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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