“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1).
El Salmo 19 es uno de los textos más hermosos sobre la revelación de Dios. David contempla el cielo, el sol, el paso del día a la noche y descubre que la creación está predicando permanentemente acerca de su Creador. Después dirige la mirada hacia la Palabra y descubre algo todavía mayor: el Dios que muestra su poder en la naturaleza revela su voluntad y carácter mediante las Escrituras. Finalmente, David deja de mirar el cielo y el texto sagrado para mirarse a sí mismo y termina orando: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti” (v. 14). El salmo tiene, por tanto, tres movimientos muy claros: Dios se revela en la creación (vv. 1-6), Dios se revela en su Palabra (vv. 7-11), y esa revelación transforma al ser humano (vv. 12-14). A continuación, tres lecciones a la luz del texto bíblico:
1. LA CREACIÓN NOS DICE QUE DIOS EXISTE Y NOS HABLA DE SU GRANDEZA. “Los cielos cuentan la gloria de Dios” (v. 1). David dice que un día habla al siguiente y una noche transmite conocimiento a otra. Es una predicación sin palabras, pero universal: “Por toda la tierra salió su voz” (vv. 2-4). La creación constituye lo que teológicamente llamamos revelación general. No nos explica todo acerca del plan de salvación, pero nos dice que no somos producto del azar, que existe un Creador poderoso, inteligente y digno de adoración. Por eso el cristiano debería aprender a mirar la naturaleza con otros ojos. Un cielo estrellado puede convertirse en un sermón; un amanecer, en una invitación a adorar.
2. LA PALABRA NOS DICE QUIÉN ES DIOS Y CÓMO DEBEMOS VIVIR. A partir del versículo 7 cambia completamente el escenario. David deja los cielos y comienza a hablar de la Torá, la instrucción revelada de Dios. Y utiliza seis expresiones: ley, testimonio, mandamientos, precepto, temor y juicios. Pero lo más hermoso es lo que la Palabra produce: convierte el alma, hace sabio al sencillo, alegra el corazón y alumbra los ojos (vv. 7-9). La naturaleza revela al Creador; la Biblia revela su voluntad. Y la revelación bíblica alcanza su máxima expresión en Jesucristo. Hebreos dice que Dios, después de hablar de muchas maneras por los profetas, “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2). Podríamos decirlo así: la creación nos muestra las huellas de Dios; las Escrituras nos explican su voz; Jesucristo nos muestra su rostro.
3. TODA REVELACIÓN VERDADERA DEBE TERMINAR EN TRANSFORMACIÓN. Aquí está quizá la parte más importante del salmo. David contempla el cielo, después contempla la Palabra y finalmente se contempla a sí mismo. Entonces pregunta: “¿Quién podrá entender sus propios errores?” (v. 12). La Palabra funciona como un espejo. No fue dada solamente para aumentar nuestro conocimiento bíblico, sino para revelar aquello que necesita ser transformado. Por eso David termina pidiendo ser limpiado de los pecados ocultos y guardado de los pecados deliberados (vv. 12-13). Y finalmente ora: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (v. 14).
El Salmo comienza mirando las estrellas y termina mirando su corazón. Comienza con Dios como Creador y termina con Dios como Redentor. Ese es el propósito de toda verdadera revelación. No basta estudiar la naturaleza y maravillarnos. No basta leer la Biblia y conocer doctrinas. No basta siquiera conocer intelectualmente quién es Jesús. Todo ese conocimiento debe llevarnos a una vida transformada.
¡Feliz día!
Pr. Heyssen Cordero Maraví
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